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Cristina Orozco
Cristina Orozco
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23 Septiembre 2017 04:08:00
Dos clases de ciudadanos en un país golpeado
Los ciudadanos mexicanos, ante infortunios nacionales y extranjeros respondemos con solidaridad, lo acabamos de comprobar con los temblores que azotaron este mes varios estados de la República.

Como en otras catástrofes, países como: Chile, Japón, Israel, Perú, Argentina y otros enviaron rescatistas y víveres, ¿menos quién?... Nos dimos cuenta de que en sucesos como estos a la gente le importa la gente, el mexicano es un compasivo, pero esta solidaridad dura mientras la emergencia está latente.

La tecnología avanzada nos permitió, a través de las redes sociales, estremecernos ante la magnitud del desastre y ver los momentos más dramáticos del trabajo colectivo de miles de ciudadanos quienes, desinteresadamente, brindaron ayuda para rescatar personas de los escombros.

Si se tiene un teléfono celular con audio y video, uno se convierte en periodista y puede transmitir lo que sucede en el momento de los hechos. Así atestiguamos, en tiempo real, la histeria y desesperación; el silencio y dolor; la entrega y ánimo en apoyo a las víctimas; vimos la solidaridad de personas, los dueños de negocios que ofrecían sus productos sin costo y se acondicionaron albergues; surgieron líneas gratuitas para ofrecer ayuda psicológica; personas arriesgaron y perdieron su vida para salvar a otros.

Sin embargo, atestiguamos los actos de oportunistas que despojaban casas y tiendas, y la transparente insensibilidad con que la clase política respondió a la tragedia que aquejaba al país.

¿Sería posible que en este país la ayuda que otorga gente de todas las clases sociales no caiga en manos mercenarias, sino que se entregue a los afectados? Se ha sabido que, en similares situaciones, la ayuda monetaria y material se confisca y nunca llega a su destino.

El Gobierno no puede esperar que podrá congratularse con los ciudadanos utilizando este devastador suceso, pues también el coraje del ciudadano se logró transmitir. A Osorio Chong lo expulsaron de un sitio de rescate. El discurso de la primera dama resultó tan hueco como un tambor. Y la escena en la que la familia presidencial posa ante las cámaras, divertidísimos en su juego de pasar cajas decoradas y vacías, fue realmente patético… ¿Hasta cuándo?
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