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Gerardo Hernández
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14 Diciembre 2016 04:00:00
Drogas: guerra perdida
Carlos Salinas de Gortari es el único presidente a quien le encarcelan a un hermano (Raúl) y le asesinan a otro. Enrique Salinas, investigado también por lavado de dinero y presunto cerebro financiero de Raúl (el mayor de los Salinas), apareció muerto el 6 de diciembre de 2004 en Huixquilucan, Estado de México (el gobernador era entonces Arturo Montiel). Abandonado dentro de un auto, tenía la cabeza cubierta con una bolsa de plástico.

En La Guerra Perdida contra las Drogas (Grijalbo, 2001), Jean François Boyer cita otros nombres célebres: Raúl Salinas Lozano, jefe del clan; Manuel Bartlett, exsecretario de Gobernación; Manlio Fabio Beltrones, hasta hace poco, líder del PRI; Emilio Gamboa, actual coordinador de la bancada de ese partido en el Senado; Justo Ceja y José María Córdova, piezas clave en el sexenio de Salinas.

También aparecen Carlos Hank, exgobernador del Estado de México y cabeza del Grupo Atlacomulco, hasta su muerte (cofradía a la cual pertenece el presidente Peña Nieto); y militares como el general Juan Arévalo, exsecretario de la Defensa y excomandante del XVI Regimiento de Caballería de Torreón, acusado por la DEA de presuntos vínculos con el narcotráfico.

Los gobiernos de De la Madrid, Salinas y Zedillo fueron infiltrados por los cárteles del Golfo (del cual se desprendieron Los Zetas), Juárez y Tijuana, dice La Guerra…. Acaso sin haber leído a Boyer, el exgobernador de Nuevo León, Sócrates Rizo (PRI), dio su versión sobre el tema en una conferencia en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, el 24 de febrero de 2011:

“(En los gobiernos priistas) de alguna manera se tenía resuelto el conflicto del tránsito (de drogas), yo no sé cómo lo hayan resuelto otros gobiernos, pero había un control y había un Estado fuerte y un presidente fuerte y una Procuraduría fuerte, y había un control férreo del Ejército (…) entonces de alguna manera decían: ‘tú pasas por aquí, tú por aquí, pero no me toques aquí estos lugares’, algo pasó”.

Rizo sabía de lo que hablaba. Salinas lo impuso como gobernador en Nuevo León, y Ernesto Zedillo –quien encarceló a Raúl Salinas– lo defenestró. Cierto día coincidí con Rizo en la terminal C del aeropuerto de Monterrey. Al saber que era de Coahuila, preguntó: “¿Qué tal la armé, eh?”. “A ver cuándo lo invitan de nuevo”, respondí. Si José López Portillo se autodeclaró “el último Presidente de la Revolución”, Salinas fue el último “presidente fuerte”, en la visión priista del poder. Peña quiso serlo, pero fracasó.

Boyer obtuvo información de la PGR y de un documento del Centro de Inteligencia Antinarcóticos del Estado Mayor de la Defensa Nacional con el título Avances del Análisis de la Información sobre el Narcotráfico en México, presentado en 1995. Además de mencionar a los principales líderes políticos de la época y de cómo, desde mediados del siglo pasado, se relacionaron con Juan N. Guerra, señalado como uno de los primeros capos, el autor cita matrimonios por conveniencia y nombres de empresas, varias de ellas emblemáticas y susceptibles de ser investigadas por lavado de dinero.

Las hay dedicadas a la televisión, el autotransporte, el gas, la aviación… ¿Sorprende, entonces, que la guerra contra el narcotráfico la hayan ganado los cárteles, de la mano del Gobierno y de la corrupción? Para nada.
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