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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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21 Septiembre 2017 04:00:00
Dulce y sombría
Digo Guatemala y retorno a la vida”. Y cómo pudiera ser de otra forma si mantiene en prisión a presidentes corruptos como Portillo y Pérez, con un pie del actual arañando las rejas. ¿Que muy poco mérito cabe a sus jueces y magistrados porque proceden a la presión de Washington? Sea, pero yo qué tranquilo muriese con la efigie de los presidentes que aún viven (y que a lo desvergonzado y con sus “primeras damas” disfrutan del botín) en una de alta seguridad en El Altiplano.

Pero no, que pasivo, indolente y enajenado como tantos (castrado, pues) estoy en México, no en la Guatemala dulce y sombría de Cardoza y Aragón, la de héroes civiles de la estatura de Alaíde Foppa, de uno o dos de sus hijos y de Otto René Castillo, poeta también sacrificado por la bota y el espadón. Esa es la Guatemala que viene de padecer tigres sanguinarios como los milicos Jorge Ubico, Castillo Armas, Romeo Lucas García, Alfredo Ríos Mont. Guatemala.

Aquí la nombré, que en ella y con ella habité algún tiempo, y mi mente se agita, hervorosa de bosques, lagos, rostros, aquel mujerío, deletreando las trovas que, ardido por la nostalgia, desde su exilio mexicano le entonara Cardoza y Aragón: “Cuando aspiro tu refajo de bosques, cuando me hundo en tu huipil de pájaros, me anega tu aliento de maíz y volcán, tu espina aguda de picaflor”.

Pero también la sombría Guatemala de los milicos. En enero de 1980, para implantar un proyecto de desarrollo de industrias transnacionales, el Gobierno desalojó de sus tierras a unos campesinos que en son de protesta tomaron la sede de la Embajada de España. Los comandos les lanzaron bombas incendiarias. En la hornaza mueren calcinados 38 paisanos, entre ellos el padre de Rigoberta Menchú admirable en su labor social hasta que una estrellita en la frente la tornara inservible. Uno que sobrevivió a la masacre fue secuestrado por los comandos en el propio hospital donde le curaban las quemaduras. Ahí mismo lo asesinaron.

Guatemala, En 108 mil kilómetros cuadrados de territorio, en aquel entonces con 10 millones de habitantes, la sangrienta cosecha de los tigres militares: cuatrocientas cuarenta aldeas borradas del mapa, 300 mil exilios, 50 mil viudas, 250 mil huérfanas y miles de muertos y desaparecidos. “A los compas, amarrados, nos aventaron al barranco, contra las piedras. Sólo yo me salvé porque fui a dar a una poza de agua”, me dijo uno de ellos ante los micrófonos de Radio UNAM. La Guatemala sombría.

Ay, patria –a los coroneles que orinan tus muros tenemos que arrancarlos de raíz –y colgarlos de un árbol de rocío agudo– violento de cóleras del pueblo.

La dulce Guatemala: “Cada día eres otra; en recuerdo, en realidad, en esperanza. Sencillo amor como en tu mano la sal y el pan”.

Su revolución de 1944 dio la presidencia del país al doctor Juan José Arévalo y seis años más tarde a Jacobo Arbens. Muchos fueron los beneficios que entonces logró el paisanaje, desde leyes favorables a los obreros y una reforma agraria que entregó a los campesinos sus tierras, hasta la construcción de la carretera al Atlántico que liberó al país de la dependencia de los ferrocarriles propiedad de la United Fruit Co. Y claro, al derrumbe: desencadenadas las iras de la compañía frutera norteamericana, ahí intervienen la CIA, el Departamento de Estado y aun el Pentágono. Caiga el presidente Arbens y trépese (1954) un teniente Castillo Armas, prestanombres de Washington.
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