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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
Blanca Esthela Treviño de Jáuregui
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Blanca Esthela Treviño de Jáuregui, esposa, madre y abuela, proyecta a la mujer como formadora de valores, forjadora del carácter de los hijos y eje de la vida familiar. Su principal aportación como escritora es salvaguardar el bien común en todos los sentidos posibles a través del planteamiento de lo que es realmente femenino: el mejorar a la sociedad desde una perspectiva práctica, inteligente y comprometida con la tarea de revolucionar al mundo desde el interior de la institución familiar. Oriunda de Piedras Negras, siempre ha vivido en ésta ciudad. Correo Electrónico: [email protected]

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07 Octubre 2018 04:00:00
» Ebrios, no
‘Chuuu-chuuu’ era la única palabra del vocabulario de su hijo adoptivo de cinco años. La monótona respuesta: Chuuu-chuuu a toda pregunta o comentario le hacía sentir una patada en el estómago. Era como si el pequeño hubiera hecho una sola conexión con el universo: Un tren en marcha. Eso era suficiente para él, no aspiraba a nada más. El niño no poseía la curiosidad ni el sentido común inherentes a la especie humana.

Aunque soltero, el antropólogo Michael Doris obtuvo en adopción al niño de tres años: Fue la única persona interesada en adoptarlo. Al principio pensó que la corta edad del pequeño y su desnutrición extrema se debían a que había sido un niño maltratado: Las profundas cicatrices en muñecas y tobillos parecían confirmar la suposición.

Sintió miedo por la tremenda responsabilidad que implicaba la crianza de un niño de lento aprendizaje. Poco a poco, lo consumió la certeza de que su pequeño hijo tenía un problema mucho más serio que el de aprendizaje: Empezó a desarrollar curvatura de la espina dorsal, doble dentadura, problemas auditivos y visuales, convulsiones, escasa o nula atención, hiperactividad.

Pero Michael Doris amó al pequeño desde el día en que, mientras hacía un trabajo de campo en un sector marginado, el chiquillo, sin poder verlo, abrazó sus piernas y le regaló una deslumbrante sonrisa. Le daría todo el cuidado y atención personal para asegurarle una vida feliz. Le proporcionaría al niño todo tipo de atención médica: Lo máximo que la ciencia pudiera brindar. Pero, ¿quiénes eran los padres?

Después de una afanosa búsqueda, encontró a la madre del niño en un bar. Se llama María pero prefiere que la llamen Madonna. Lleva el cabello teñido de rubio como estropajo, y las raíces oscuras le dan un aspecto descuidado. Aunque debe ser muy joven, su tez ha marchitado y profundas ojeras afean sus ojos.
Entre hipos y lágrimas logró arrancar a María la verdad: Cuando solo tenía 15 años la adolescente quedó embarazada. Alcohólica y promiscua, no supo quién fue el padre de su hijo. Más aún, no se había dado cuenta de su estado: Comenzó la fiesta en Navidad y fue hasta Semana Santa cuando supo que estaba encinta. Trató de abortar pero ya iba por el cuarto mes y le resultaba caro. La hora del parto le sobrevino en una licorería, mientras trataba de robar una botella.

Michael Doris obtuvo del hospital información más espeluznante aún: Al dar a luz, el putrefacto olor a vino del fluido amniótico corroboró que la madre era alcohólica. El alcohol penetra la placenta y la información genética del bebé empieza a dañarse desde el momento mismo de la concepción. Afecta el hígado, páncreas, riñones, timo, corazón, y, sobre todo, el cerebro. Al deshidratar la materia gris aniquila las neuronas en desarrollo, lo cual provoca cortos circuitos cerebrales. Y no importa cuánto amor, dedicación o educación se le prodigue al niño después, el daño es de por vida, irreversible.

Supo entonces que su pequeño hijo estaba condenado a vivir en soledad: Jamás sería un niño normal. Fue rechazado por su madre en el momento mismo en que advirtió su presencia en el vientre. Jamás lo pensó o lo soñó con amor. Por nueve meses, en la oscura prisión de su cuerpo, lo atormentó con líquidos de fuego. Nunca dijo una plegaria por él. Nunca lo bendijo.

Michael Doris supo entonces que su hijo adoptivo caminaría siempre bajo una noche sin luna, con solo relámpagos y el ulular del viento por compañía. Sin saber de donde viene ni a donde va. Sin tener la capacidad de maravillarse con los rayos de sol que se filtran a través de las hojas de los árboles. Tal vez, cayéndose y levantándose, pueda acercarse alguna vez a sus ramas con los brazos extendidos: Pero será para sostenerse, no para acariciar las flores.

Pero hay algo en su hijo adoptivo que logró escapar del exterminio del alcohol: Su capacidad de amar. Cuando Michael Doris llega exhausto de su cátedra, aunque ahora tiene sus propios hijos, es el hijo adoptivo quien pacientemente lo espera en el portal con un abrazo y con su radiante sonrisa.
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