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Federico Muller
Federico Muller
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02 Diciembre 2016 03:00:00
Economía colaborativa: ¿utopía o realidad?
Se entiende por economía colaborativa el intercambio de bienes y servicios entre dos o más agentes económicos, o más específicamente por consumidores, cuya aspiración inmediata es satisfacer algún tipo de necesidad de relativa urgencia, y que la pueden costear mediante el trueque, el alquiler o simplemente por la cooperación de-sinteresada de alguien que tenga el deseo de hacerlo y que comparta intereses comunes con su par o vecino.

Los especialistas en el tema consideran que hay factores económicos y sociales que han propiciado el auge de la economía o el consumo colaborativo al margen de los mercados regidos por el libre mercado, y aventuran algunas hipótesis que los avalan y que pueden explicar el crecimiento de dos dígitos que ha tenido durante los últimos años este tipo de economías no lucrativas en los países industrializados. Entre ellas, señalan la incorporación de las plataformas digitales a las comunicaciones entre los ciudadanos; los precarios crecimientos de las economías en la mayoría de los países del mundo; la caída vertiginosa de los ingresos familiares; la participación de la generación millenial en las decisiones económicas y el fracaso de las políticas públicas para abatir o disminuir la pobreza de grandes núcleos de población.

Plataformas digitales. Sin el advenimiento de las tecnologías cibernéticas y telemáticas sería imposible pensar en la irrupción de la moderna economía colaborativa, particularmente si nos remontamos al trueque de antaño, que para que se diera era menester que se presentara la doble coincidencia de necesidades entre los participantes, esto es, mediante la presencia física no virtual ni remota de los interesados, se intercambiaban mercancías. Por ejemplo, si el consumidor 1 requería maíz y tenía excedentes de frijol, el consumidor 2 presentaba una situación contraria a su par, es decir, era excedentario en maíz, y le faltaba frijol. En este tipo de transacciones no se requiere de intermediarios y actualmente se puede llevar a cabo en pequeñas comunidades aisladas de vocación rural, con un limitado número de intercambios de bienes de autoconsumo.

La diferencia entre el trueque primitivo y la moderna economía colaborativa se encuentra en que esta última echa mano de la plataforma digital (sin costo directo), que une a oferentes y demandantes, como un silente intermediario. Si se trata de usuarios que poseen una escalera de tijera, utilizada para pintar elevadas paredes o podar árboles, se pueden registrar proporcionando sus datos generales en la plataforma virtual correspondiente, y el interesado en esa herramienta puede contactar a alguno de ellos, el más cercano geográficamente, para que se la proporcione, en calidad de préstamo o de alquiler, con el plus de que no tiene que comprarla porque no amerita tal inversión por el uso tan esporádico y limitado que le va a dar.

Como se puede apreciar, en ese tipo de intercambios debe privar la solidaridad y la confianza por encima del beneficio material entre los consumidores. No obstante, no hay que confundirla con aquella en la que interviene una empresa multinacional, que se hace cargo de la administración de las plataformas, como puede ser el caso de la música vía internet, el alquiler de carros de sitio, la contratación de habitaciones de viviendas de particulares para turistas, etcétera. En todos los casos anteriores, el intermediario que aparece funciona prácticamente igual que en una economía de mercado, con costos y beneficios. Si bien es cierto la economía colaborativa forma mercados paralelos a los establecidos o convencionales, pero sólo para un reducido grupo de bienes y servicios, fuera de allí, se considera una aspiración muy loable, pero utópica.
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