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Federico Muller
Federico Muller
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07 Septiembre 2018 04:00:00
Economía y felicidad
Vincular el crecimiento económico de un país con el bienestar de sus habitantes ha sido difícil de lograr, según los estudiosos del desarrollo, porque calidad de vida conlleva elementos subjetivos que, para su estudio, demandan de análisis cualitativos, los cuales generalmente han sido aplicados en trabajos realizados por sociólogos y antropólogos con un enfoque diferente al económico. Aun así, los economistas han construido algunos indicadores que tratan de medir esta correlación, aunque no siempre describen fielmente la realidad social en que vive la población.

Uno de ellos, es el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que mide, además del crecimiento de las actividades económicas (PIB), la esperanza de vida y el grado de escolaridad alcanzado. Este indicador fue creado por el economista indio Amartya Sen y es utilizado con frecuencia en trabajos realizados por la ONU sobre desarrollo urbano y rural. Si se clasifican los países del mundo por su ingreso per cápita, no necesariamente los más ricos tienen los IDH más elevados; por ejemplo, en Irak, el ingreso por habitante es mayor al de Armenia, no obstante, la población de esa pequeña nación caucásica tiene una mejor educación y un más alto promedio de vida. Luxemburgo es otro caso: con uno de los ingresos per cápita más elevados del mundo, sin embargo, su IDH es inferior al de los países del norte de Europa.

Las divergencias que se presentan entre estos dos indicadores (IDH y PIB/H) muestran las desigualdades que genera el crecimiento económico: la formación de riqueza no siempre se distribuye de manera razonablemente equitativa entre la población; desde luego que se dan grados en la redistribución del ingreso en los países. Se presentan muchos casos en que, además de la desigualdad en el ingreso, la economía no brinda oportunidades para que los habitantes de un país abandonen la pobreza.

Reporte de felicidad en el mundo. Dejando a un lado registros de carácter económico, los especialistas en la materia han diseñado un indicador que trata de medir la felicidad entre la población. No obstante, las naciones que ocupan los primeros lugares del mundo por ser las más felices, han sido aquellas con mayor grado de escolaridad y mayor promedio de vida, junto con un elevado ingreso per cápita y una demografía relativamente pequeña. Estas han sido históricamente Finlandia, Noruega, Dinamarca e Islandia, que se caracterizan porque la población joven tiene prácticamente resuelto su porvenir, en el sentido de contar con sistemas de salud y educación accesibles (gratuitos) y de calidad, así como oportunidades de encontrar empleos bien retribuidos al concluir su carrera profesional. Asimismo, tienen prestaciones sociales como permisos laborales pagados por paternidad, seguro de desempleo y remuneraciones gubernamentales para el cuidado de adultos de la tercera edad. Ante ese panorama halagador, las expectativas de la juventud para ser felices se incrementan.

Aunque no todo es color de rosa: la aspiración a la felicidad se puede ver empañada por el elevado monto de impuestos que hay que pagar al fisco y la fuerte presión laboral que enfrentan los trabajadores. Por otra parte, las enfermedades mentales han aumentado, particularmente la depresión. Por el ritmo de vida que llevan los jóvenes nórdicos, las redes sociales y las condiciones climáticas han contribuido a propiciar su soledad.

Hasta aquí el concepto de felicidad que se ha manejado depende, o está sustentado, en gran manera de condiciones económicas decorosas. En cambio, existen otras formas de medir la felicidad, como la que experimentan los habitantes del reino de Bután: diminuta economía asentada en las cordilleras del Himalaya, que económicamente depende de la economía india, los principios y valores sustentados en el budismo hacen que la población haya formado una cultura de autocontentamiento, distante de la competencia y del mercado. La contemplación, el medio ambiente y el desarrollo espiritual, han sido elementos que han ayudado a que la gente se centre menos en la “materialización” de la vida. Sin embargo, a pesar del credo religioso y la cultura que profesan, no deja de haber conflictos de carácter étnico y racial. Una de las etnias fue expulsada del país y actualmente se refugia en Nepal.                                
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