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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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19 Agosto 2018 04:00:00
Eduardo
Tres palabras bastaron para desatar recuerdos que creía olvidados para siempre: “Murió Eduardo Guajardo”. En esas circunstancias, uno intenta infantilmente protegerse con el escudo de la incredulidad, pero la realidad acaba por imponerse. Eduardo, “El Guajo” para sus amigos, ya no estará para continuar una sabrosa conversación suspendida hace tiempo. Tampoco se repetirán las largas sobremesas que indefectiblemente desembocaban en su tema predilecto: el paso de Hidalgo y los insurgentes por Coahuila y su aprehensión en Acatita de Baján, del cual era un especialista.

Había estudiado a fondo ese capítulo de nuestra historia hasta casi agotarlo. No había fuente que hubiera dejado sin consultar ni libro relacionado con ello que haya dejado de leer. Tenía, además, la gran virtud de compartir sus conocimientos sin hacer gala de ellos. Lo hacía con naturalidad y sencillez. Cierta noche, en la residencia de don Carlos Abedrop Dávila en Coyoacán, rodeados de obras maestras de grandes pintores mexicanos, Eduardo hizo un pormenorizado y puntual recuento de las actividades de los insurgentes en nuestro estado, exposición que le valió felicitaciones calurosas del propio don Carlos y del entonces gobernador Eliseo Mendoza Berrueto.

Entre mis proyectos se quedó en el frustrante archivo de los nuncas el deseo de concertar una reunión de él con don Carlos Herrejón Peredo, autor de la más completa biografía de don Miguel Hidalgo y Costilla escrita hasta ahora, y con el historiador Lucas Martínez Sánchez. Esa proyectada reunión, que por desgracia no pudo concretarse, hubiera sido una fiesta del espíritu a la que quien esto escribe asistiría en calidad de humilde y mudo oyente.

Siempre apegado al mundo de la historia, Eduardo fue uno de los más activos impulsores de las actividades de la Casa de la Cultura de Sabinas y supo dar vida a los primeros años del Museo de Coahuila y Texas de Monclova, del cual fue director.

Las circunstancias pusieron distancia física entre nosotros, pero no lograron empañar jamás el mutuo afecto. Él había regresado a Sabinas, su tierra natal, donde murió, y separó a tal grado sus visitas a Saltillo que dejamos de vernos. Con su fallecimiento, la lista de amigos sufre otra baja sensible.

Frente a mí, en mi mesa de trabajo, tengo en estos momentos una vieja fotografía tomada en la huerta de Sabinas propiedad de su familia. Allí están, junto a un asador en donde se cocina morosamente un borrego al pastor, don Antonio Malacara, don Melchor de los Santos, Rufino Rodríguez, Álvaro Canales Santos y Armando Fuentes Aguirre. Convocados por Eduardo y su hermano Carlos, disfrutábamos de una comida campestre en la que la sapiencia culinaria del Guajo nos introdujo en las delicias de la patagorría (platillo típico de la región de Sabinas y Múzquiz, hasta entonces desconocido para la mayoría de los comensales), y del adictivo pan de maíz.

Ya no están don Antonio ni don Melchor de los Santos, tampoco él, por supuesto. En aquellos años, todos asiduos a siempre añorados desayunos sabatinos en El Morillo.

Al enterarme de su muerte, de inmediato me vino a la memoria la elegía de Miguel Hernández dedicada a la memoria de Ramón Sijé: “No hay extensión más grande que mi herida, lloro mi desventura y sus conjuntos, y siento más tu muerte que mi vida./ Ando sobre rastrojos de difuntos/ y sin calor de nadie y sin consuelo”… porque hay muertes, como la tuya, querido Guajo, para las que nadie inventó el consuelo.
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