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Aida Sifuentes
Aida Sifuentes
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Es originaria de Sabinas, Coahuila. Egresó de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila y actualmente estudia ingeniería civil en la misma universidad. Colaboró en el Centro Cultural Vito Alessio Robles como correctora de estilo, y se ha desempeñado como periodista cultural. Es ajedrecista profesional y lectora por vocación.

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29 Octubre 2017 04:08:00
El arte de pensar
En silencio frente al tablero el ajedrecista puede pasar largos minutos inamovible. Observa, calcula: piensa. ¿Qué es aquello que busca con tanta paciencia?: La victoria.

Para los ajenos a la pasión del ajedrez les resulta sumamente extraño cómo alguien puede pasar largos minutos contemplando una posición en el tablero de ajedrez. Lo que esas personas no saben, es que el ajedrecista no ve los trebejos que tiene delante, sino que inventa una nueva posición.

Tal como el escultor que se posa frente al cubo de mármol y trata de imaginar sobre él algo que no existe para después plasmarlo, el ajedrecista se enfrenta ante el tablero y busca inyectar de vida a las piececillas de madera a través de la fuerza de una idea.

¿Podría alguien detenerse a contemplar La piedad de Miguel Ángel y no sentir pena por la madre que sostiene entre sus brazos a su hijo muerto?, y al ver la delicadeza del manto que cae sobre la Virgen, ¿no se olvida casi que se trata de una piedra y tiene la impresión que se trata de auténtica tela?

Al ver el producto final de uno de los más grandes artistas de la historia, quedamos cautivados por la belleza de su trabajo; pero alguien se ha puesto a meditar cuánto tiempo le llevó al maestro italiano obtener tal resultado. Un sólo desliz al tallar sobre el mármol hubiera causado que la obra perdiera calidad e, incluso, podría haberla arruinado por completo.

Lo mismo pasa en ajedrez, el arte de creación debe ser tan preciso, que un pequeño error puede arruinar la partida entera. Por tanto, el jugador no lleva prisa. Prefiere invertir tiempo en asegurar el cálculo, que precipitarse sobre la partida y quedar perdido.

Mientras está frente a las piezas, imagina las posiciones que pueden resultar después de determinada jugada: se conoce como “árbol de variantes” a las posibles líneas de juego que pueden surgir luego de cada movimiento; por otro lado, la “profundidad” es la capacidad del ajedrecista para calcular “n” movimientos adelante: “si muevo el caballo a g5, el pondrá su dama en e7, entonces mi peón avanza a f4, etcétera”. A mayor profundidad de análisis, el ajedrecista tendrá una ventaja sobre su contrincante: en el ajedrez (como en la vida), a veces algo que parece bueno en primera instancia, cinco tiempos más adelante se transformará en una calamidad.

Pero el jugador tampoco analiza a profundidad todas las variantes de todas las líneas, una vez que ha encontrado que la posición no resulta favorable, la jugada se de-secha y se prosigue al análisis de otra línea.

Entre todo este embrollo sobre la profundidad y las variantes, ¿qué es lo que hace tan atractivo al ajedrez para millones de personas? La respuesta es: la posibilidad del error. Eso transforma el arte de pensar en un juego. Analizar la partida a posteriori y descubrir la falla, la sensación de haber cometido un error previsible, de haber podido evitar todo el caos, todo eso se convierte en un reto a vencer en la próxima ocasión. No tropezar dos veces con la misma piedra, como dice el refrán. Seguir intentándolo… no rendirse nunca.

Nota: una réplica exacta, realizada en cobre, de la La Piedad de Miguel Ángel se encuentra en el lobby del Museo Soumaya de la Ciudad de México; el original está en la Basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano. 
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