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Dalia Reyes
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11 Mayo 2019 03:30:00
El arte sutil de irse al baño
Ir al baño no ha mucho tiempo implicaba una despedida cuyos derroteros lindaban entre la vida y la muerte. El tiempo nos enseña cuánto esta noble acción de desalojo puede volverse nuestra mayor satisfacción o el magnífico estigma personal.

Quizá debiera ostentar como la máxima prueba de movilidad social en mi persona la posesión de dos sanitarios en mi hogar. Si vinieran a encuestarme ahora, enfatizaría bastante que en la casa paterna solo hubo un baño para atender a nueve personas, mismo espacio cuyos muros firmes fueron construidos cuando ya esa misma cantidad de usuarios teníamos algunos años con la desarrollada capacidad de hacer la acción por nosotros mismos.

Ese lugar tenía madera, al menos la suficiente para cubrir las vergüenzas usuales en un baño; el área húmeda –muy a menudo seca porque nos bañábamos usando un recipiente y un vasito– era oscura, a pesar de las muchas hendiduras. Un día llegaron don Pedro y Castañeda como prueba fehaciente de que nuestras vidas tendrían un cambio importante.

La construcción del baño en la casa paterna marcó un parteaguas, ahora sí mojado, pues fue colocada una regadera. Claro está, el mosaico, el azulejo y los herrajes tardaron otro poco, sin embargo, el estatus personal con el cual salíamos de casa, remojados como un pollo, se visibilizaba en nuestro salero. Aquello era suficiente para mí; luego me atropelló el saber.

Conocer otros baños domésticos es una de las diatribas más difíciles en mi existencia. Si me mido con el baño de mi niñez, tengo demasiado; si pienso en las regaderas que usan los protagonistas en Hola, sigo habitando en la pobreza.

De alguna manera el cuarto de baño y sus posibilidades –mucho más allá de la mera evacuación– se ha vuelto objeto del deseo. Los muebles dentro de él, sus colores, la brillantez, la iluminación, la forma como se doblan sus blancos y la decisión sobre si cultivar un listón, un helecho o un bambú acabaron por ser una labor que, en definitiva, no hubiesen hecho don Pedro y Castañeda, quienes consideraban que su trabajo de albañilería no incluía limpiar la mezcla, levantar los clavos ni pulir ningún enjarre.

Para ser un lugar de mero desahogo, la sociedad ha convertido el cuarto de baño en un deseo siempre insatisfecho.

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