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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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02 Agosto 2017 04:00:00
El asesinato del padre
Un joven golpeó a su padre hasta que le ocasionó la muerte. Estaban discutiendo en su casa de la colonia Villas de la Angostura, en Saltillo, bajo efectos del alcohol y ya cerca de la una de la mañana del miércoles Hamilton, de 25 años, inició el conflicto con Jesús, su padre de 60 años. En el calor del conflicto golpeó a su padre sin piedad con una pesa, hasta que el hombre cayó y, en el piso, el joven, ya sin control, acabó con él. La Policía tardaba en acudir y los vecinos, desesperados, buscaron una patrulla municipal y sus efectivos arrestaron al parricida. Después se supo que no era la primera vez que se agredían.

Un acto de este tipo se conoce como parricidio, que según la enciclopedia jurídica se refiere al “homicidio del padre o la madre, legítimos, naturales o adoptivos; o de todo otro ascendiente legítimo”, se ha presentado a lo largo de toda la historia de la humanidad recibiendo diferentes explicaciones, según la narrativa de la cultura que la explique: desde sus tradiciones hasta el paradigma científico que lo exponga. Pero el efecto en cualquiera de las comunidades que lo presencien es de intensa angustia, porque remueve contenidos profundos en las personas.

El asesinato del padre es el acto más ritual que puede dar cabida en la sociedad humana, porque es el enfrentamiento radical contra la autoridad, su desafío y el triunfo de lo nuevo sobre lo viejo. Es el principio de la sucesión del poder de la tribu, donde el macho jefe, ahora conocido como alfa, reinaba sobre sus hijos y tenía el monopolio de las mujeres. Los machos jóvenes, encabezados por otro alfa, se rebelan y matan al macho viejo y, en un acto de canibalismo ritual, se lo comen, para poder incorporar en ellos sus cualidades superiores. Luego, para expiar el crimen y tomar el poder legítimamente hacen del padre un tótem, una imagen que elevan a la calidad de dios, construyendo el símbolo de Dios Padre, el todopoderoso y dando a comer su cuerpo ritual en forma de pan, de hostia, para que al ingerirlo se asimile su fuerza protectora.

Pero si esta explicación es simbólica y controvertida, el acto real no lo es. Es cierto que para matar al padre se necesitan elementos psíquicos específicos, que pueden diagnosticarse desde un trastorno psicótico debido alguna afección médica, un trastorno del despertar del sueño con sonambulismo, con terrores nocturnos, inducido por sustancias o medicamentos, un episodio maniaco, el trastorno de la personalidad limítrofe, el trastorno de la personalidad antisocial e incluso otros trastornos de ansiedad primarios, como el de estrés agudo, el de estrés postraumático o el síndrome de Burnout.

Como podemos ver, no todos los parricidas tienen el mismo conflicto personal ni sus motivaciones son iguales. Hamilton, el joven que mató a su padre con la pesa, parece presentar rasgos de personalidad antisocial, pero el niño de 15 años que mató en Chihuahua en el 2011 a sus padres para que ya no sufrieran los baleó motivado por el estrés agudo de verlos sufriendo una enfermedad terminal sin que nadie les ayudara. O Carlos Alberto de 23 años, en Tlalpan, hijo único de un matrimonio bien avenido, de clase social acomodada, padeciendo de un trastorno del espectro de la esquizofrenia, en octubre de 2011 tiene un estallido psicótico, manifestado en principio por un excesivo interés por el culto a la Santa Muerte, pero que derivó en una furia incontrolada contra sus progenitores, matándolos a puñaladas con seis cuchillos diferentes y destruyendo todos los objetos de su departamento. También es de mencionar la adolescente de 16 años que en diciembre de 2014 mata a su padre, quien abusaba sexualmente de ella amarrándola a la cama. Un día explota y decide parar los abusos, matándolo. Estaba tan confusa, que durante dos días durmió junto al cadáver, hasta que se recuperó y dio aviso a las autoridades.

Al margen de la realidad simbólica o concreta de la existencia del conflicto ritual contra el padre, lo cierto es que en una sociedad de corte patriarcal, encarna la autoridad y cuando esta es represiva, los subordinados tienden a rebelarse. Lo normal en esta rebelión es que los hijos se alejen, creando sus propias estructuras de autoridad, pero cuando hay un trastorno profundo en la estructura familiar, la vía de la violencia es la más frecuente para dirimir la controversia, porque esa parece ser la actitud que prefiere la sociedad.
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