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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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20 Julio 2017 04:07:00
El burócrata
No hay nada más mediocre y patético que el típico burócrata que a todo le dice que sí a su jefe. No hay nada más triste que el burócrata agachado, servil, dispuesto a todo con tal de proteger las transas de su jefe. Por lo general este tipo de burócratas confunden la lealtad, con la complicidad. “Yo estoy a las órdenes de mi jefe. Y es mi jefe quien decide si le sirvo o no le sirvo. Yo sé a quién le respondo y cómo le respondo”, dice el clásico burócrata sobre todo aquel que se ufana de serlo 48 años ininterrumpidos. “Desde los 20 años no he dejado de servir a mis jefes”, afirman con orgullo.

Por lo general, a todo el mundo le da mucha flojera el burócrata profesional. ¿Por qué? Por arrastrado, por lambiscón y por “bocón”. Ah, cómo es “rollero”, habla y habla y no dice nada; se contradice, se desdice, se pone nervioso y se hace bolas.

Especialmente cuando está en entredicho la imagen de su jefe. “Que me insulten, que me critiquen, que me humillen y que me desprestigien, me tiene sin cuidado. Después de tantos años de servir, ya estoy acostumbrado. Para mí lo fundamental es la relación con mi jefe la cual me he ganado a pulso. Hace años que le sirvo. Él cree en mí y yo, en él. Eso me basta para continuar sirviéndolo en lo que me pida”, afirma cada vez que tiene oportunidad. Desde el primer día en que el burócrata fue nombrado por su patrón, no ha dejado de pensar en otra cosa más que en servirlo.

Cada vez que su jefe le llama a su celular, el burócrata se pone de pie, contesta de inmediato y con la voz temblorosa, dice: “A sus órdenes, jefe”. Su voz es música para los oídos del burócrata, por eso siempre lleva consigo tres celulares, uno, que sostiene en su mano; otro, que guarda en el estuche que tiene en su cinturón y el tercero, lo guarda en uno de los bolsillos de su saco. Si su esposa o alguno de sus hijos, se les ocurre llamarlo, incluso para algo importante, en seguida contesta y casi en susurros, advierte: “No me llames. ¿Qué tal si me llama el jefe?”. Por la noche, antes de acostarse, suele ocultar uno de sus celulares debajo de la almohada, en seguida, se coloca sus audífonos e intenta conciliar el sueño lo cual no siempre lo logra, ¿qué tal si le llama el jefe?

Fue precisamente el jefe quien le avisó a su burócrata más burócrata, de todos sus burócratas, Gerardo Ruiz Esparza, todavía secretario de Comunicaciones y Transportes, del socavón de ocho metros de diámetro que se abrió en el Paso Exprés de Cuernavaca. “Sí, jefe. Entiendo. Yo me ocupo. Usted tranquilo. Lo que usted diga, jefe. Estoy a sus órdenes. Para servirle, señor. Gracias por avisarme”, dijo antes de colgar con las manos sudadas. Era evidente que la situación ponía en un terrible aprieto a su jefe. No podía decepcionarlo; él era el que más sabía de sus secretos financieros y había sido su socio desde los años en el Estado de México, cuando su jefe era gobernador. A pesar de su nerviosismo, en el fondo el burócrata Ruiz Esparza estaba tranquilo porque sabía que su jefe no despediría a su colaborador, amigo y socio de la SCyT. Sabía que era intocable. Que los 16 meses que aún restaban del sexenio, no le pasaría nada y que cobraría su aguinaldo sin problema. Después de tan profundas cavilaciones, se dio a la tarea de escribir el primer tuit de un rosario de tuits que escribiría ese día: “Debido a falla en el drenaje que cruza el Paso Express de Cuernavaca se reblandeció el subsuelo y provocó un socavón en Km. 93. Precaución”.

Nueve horas después de que la tierra tragara al vehículo en un hoyo de cinco metros de profundidad, el burócrata de Ruiz Esparza escribió otro tuit: “Se rescató el vehículo Jetta del socavón en el Paso Express de Cuernavaca. Lamentablemente los dos ocupantes fallecieron”. A esas horas, el burócrata Ruiz Esparza no sabía aún sus nombres. Después de un buen rato, volvió a escribir: “Los nombres son Juan Mena López y Juan Mena Romero. Los familiares serán indemnizados”. Nunca escribió sus edades del padre de 56 años y del hijo de 36, ni que habían muerto asfixiados. Días después vendrían sus declaraciones más que desafortunadas, “el mal rato”, que les ocasionó el accidente a sus familiares, y que este tipo de hechos eran, “gajes del oficio”.

He allí las típicas expresiones de burócratas “come-mierda”, como Gerardo Ruiz Esparza.
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