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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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28 Junio 2015 03:10:36
El burro y el negro inconfundible
“Si la muerte me la dieras tú, con desprecios de tu corazón”…

Se abren las puertas del Chililico… Esa piquera a donde los arrieros acuden a embriagarse y salen para dibujar un rastro de “eses”…

La primera aventura en esta expedición a la sierra de Puebla.

Huauchinango luce embozado a toda hora, el calor del sol no existe.

Existe la niebla pesada…

El frío húmedo que cala a mi escuálida humanidad.

El Nene Ubaldo, mi primo… Hijo de la hermosa tía Elvira, parte de mi familia blanca, la de mi Má Linda, conoce escondrijos para ver el espectáculo interior que ocurre en el Chililico.

Por una de las tejas superiores se asoma mi negro rostro… Nadie repara en mí.

¿Qué ves?

Una gorda que viene desde la barra, bailando con un porrón de líquido blanco en la cabeza.

Una mano en la enagua, para abanicar con ella… Otra en el porrón del pulque y mueve el cuello para darle ritmo.

Una turba de arrieros levanta los vasos, alegres… Con esa risa idiota de la ebriedad contenta.

Yo feliz en la contemplación cuando escucho un rebuzno e instintivo miro hacia la calle.

El Nene y su amigo El Pelos van a bordo de un jumento que tomaron de los que estaban estacionados afuera de la piquera.

“¡Ya se chingaron mi burro!”, grita un arriero que a trompicones sale a la calle machete en mano.

Yo estoy congelado… De frío y de miedo.

Desde mi precaria altura puedo ver el callejón por el que entraron mi primo y su amigo con el burro, le pintan caritas en las nalgas con un marcador Esterbrook y se alejan envueltos en carcajadas.

¡Ah, qué divertido!

Hasta que el arriero por esas cosas del destino mira hacia arriba… “¡Ahí está, uno de los rateros!”

¡Jijos de siete churrias!

Y como que se quiere subir al techumbre con el machete en alto… Y como que me acuerdo de cuando brincaba en el mango manila de rama en rama.

Y como que brinco al techo de al lado, pegadito… Y como que me agarro de un tubo y me deslizo a un callejón…

Y como que mis piernas de popote me hacen huir a toda velocidad, mientras me imagino al filoso machete detrás mío.

Llego a la casa resoplando… Nene está leyendo el misal…

¡Santo niño!

Me voy al fondo a tranquilizarme un poco, no quiero tener pesadillas con machete.

La pesadilla es al otro día, un arriero viene con su burro a la casa… Pintarrajeado, y delante de El Negrón me señala como parte de la banda que le robó su burro en El Chililico.

El Negrón me mira, mira al arriero…

¿Está seguro que es él?

“Pos no le vi muy bien la cara, pero es fácil… ¡Era un negro, y desos no hay aquí!” Estoy perdido…

La primera aventura y la primer cueriza.

Lo importante es que aguanto vara, no delato a los perpetradores.

Ya vendrán otras.

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