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Guadalupe Loaeza
Guadalupe Loaeza
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29 Junio 2017 04:00:00
El Caballito
A pocos días de haberse iniciado el grupo en Facebook El Caballito, Conservación, el 21 de septiembre de 2013, fundado por Guillermo Tovar y de Teresa, la respuesta de miles de cibernautas era más que entusiasta. Guillermo no se daba abasto en contestar a tantos interesados por el rescate de El Caballito. A los 2 mil integrantes que muy rápidamente se habían unido al “face” les quería expresar una palabra de aliento y agradecimiento.

“La mayoría se ha manifestado de manera constructiva: los entusiastas, lúcidos, inteligentes, responsables y sinceramente preocupados por el tema, quienes enriquecen la causa aportando información y aportando comentarios muy interesantes. A ellos debemos el éxito de nuestra empresa”, escribió Guillermo, historiador acostumbrado a consultar y descifrar documentos del Virreinato, en ese momento rebasado por la intensa actividad de las redes sociales.

No era para menos. La estatua ecuestre de Carlos IV, esculpida por Manuel Tolsá e inaugurada en 1803, en presencia de Alexander von Humboldt, había sido restaurada por un baño de ácido nítrico, lo cual no se utilizaba desde 1950 en el tratamiento de antigüedades y “que disolvió los elementos menos estables de la aleación de bronce, estaño y el zinc, provocando una extravagante coloración naranja y verde”. (El País). Según el dictamen del INAH, los daños eran “irreversibles”, se había dañado el 50% de la escultura y la capa micrométrica original que cubría la escultura se había perdido. Por añadidura, el rostro del penúltimo borbón aparecía como si Carlos IV se hubiera bronceado en extremo en cualquiera de las playas de Acapulco. El daño se evaluó, entonces, en 1 millón 415 mil 723 pesos. Sin embargo, la segunda intervención de la estatua resultó un poco más cara. Gracias a los fondos federales y estatales, se pagó un total de 7.5 millones de pesos.

Desafortunadamente, Guillermo Tovar y de Teresa nos dejó sin ver los resultados del rescate de El Caballito. Estoy segura que hubiera quedado muy complacido con los resultados. Incluso la expresión de Carlos IV ya no muestra una extraña mueca, sino una leve sonrisa de paz, se diría que a lo lejos está escuchando la música de su músico de cabecera y compositor predilecto, Gaetano Brunetti. Por su parte, Tambor, el caballo, se ve espléndido, sin sus capas de cera, chapopote y resinas acumuladas a lo largo de tantos años. El pedestal también fue restaurado, ya no muestra manchas de humedad, ni tampoco grafitis, ni mucho menos las manchas de cobre y hierro provocadas por los primeros trabajos de restauración.

Nada me gustaba más que escuchar a Guillermo, mi primo, contarme acerca de la época en que se inauguró El Caballito. Entonces, el virrey era el marqués de Branciforte, cuñado de Manuel Godoy, ministro plenipotenciario de Carlos IV. El mismo día en que la reina María Luisa cumplía años, el 8 de diciembre de 1796, el virrey, además de ordenar grandes fiestas, mandó construir un muro oval en el centro de lo que es ahora el Zócalo. A las 8:15 a.m. en punto, en medio de multitudes de soldados y de gente de todas las castas: los no-te entiendo, los salta p’atrás, los tente en el aire, etcétera, etcétera, desde el balcón central del palacio, el virrey agitó su pañuelo blanco y en ese instante cayó el velo que cubría la espléndida escultura del valenciano Manuel Tolsá, se escucharon los clamores del gentío y el repique de la campana. Esta estatua estaba esculpida en madera, pintada toda de dorado, la cual serviría después como molde para vaciar la pieza en bronce. Como parte de las fiestas, hubo muchos fuegos artificiales y el arzobispo cantó la misa y escuchó con atención el sermón del canónigo Beristáin, el cual se imprimió y fue bautizado como el Sermón del Caballito.

No fue sino hasta 1802, en que se pudo reunir el bronce y esculpir la estatua original de Carlos IV. Como dice Fernando Benítez: “Al declararse la Independencia, el caballo emprendió algunos viajes. Se le quitó de la plaza –daba la impresión de que el monarca se dirigía a Palacio– y aún se pensó en fundirlo y en hacer monedas de su augusto cuerpo: más prevaleció la cordura de Lucas Alamán y se le relegó, siguiendo el ejemplo de la Coatlicue, al claustro de la Universidad. Sin embargo, como el caballo pisoteaba el águila y el carcaj, símbolos del antiguo imperio azteca, a golpes de cincel se hizo desaparecer el águila y con gran sentimiento tuvo que dejarse la aljaba, pues en ella descansaba una de sus pezuñas”.
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