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Ricardo Torres
Ricardo Torres
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02 Septiembre 2016 04:00:00
El Chapulín Colorado
El miércoles pasado, la comunidad internacional amaneció con la aberrante noticia de la visita a nuestra tierra, del candidato presidencial republicano, Donald Trump. La agenda de este, y no la de nuestro Presidente, contempló para ese día un encuentro en Los Pinos, de 40 minutos con el mandatario Enrique Peña Nieto, pero más aberrante aún lo fue que dicha visita se originaba por una inocente invitación lanzada por el Gobierno mexicano a los candidatos a la Presidencia de Estados Unidos de Norteamérica.

Fue hasta un día antes de esa fecha, que el racista candidato presidencial Trump confirmó su visita, lo que obligó a nuestro ilustre Presidente a confesar, mediante un tuit, su noble acción. “Invité a México a los candidatos a la Presidencia a Estados Unidos para conversar sobre la relación bilateral. Mañana recibo a Donald Trump”, apuntó el propio presidente Enrique Peña Nieto para luego, según él, exponer la razón oficial detrás de esta épica invitación, asegurando que les abrió la puerta a ambos candidatos, tanto a Trump como a la demócrata Hillary Clinton, la cual no se ha pronunciado respecto a su intención de aceptar o no reunirse con nuestro ocurrente Presidente.

Tal como se anunció el miércoles alrededor de las 13:30 horas, Donald Trump pisó la tierra que desprecia. En una visita relámpago a México sostuvo en Los Pinos la tan desafortunada reunión. La plática con el Presidente de México se centró en la seguridad en la frontera y el comercio, sin olvidar abordar los puntos más polémicos propuestos en su campaña, principalmente el relativo a construir un muro en la frontera sur de su país si llegara a la Casa Blanca, sin retractarse en lo absoluto de esa intención y sin suavizar para nada su explicación respecto a los motivos sobre los cuales funda tal propósito.

El irrespetuoso candidato republicano, aprovechándose de la inocente invitación, demostró su capacidad histriónica para robarle toda la atención al Gobernante mexicano. Tras 40 minutos de conversación, salió airoso y sin necesidad de disculparse por sus insultos, habló sólo de lo que quiso y, sintiéndose hombre de Estado, ofreció iniciar desde ahora un “diálogo constructivo” con el país que tanto ha menospreciado.

Por si lo anterior fuera poca burla, Trump, ese mismo día, negro para los mexicanos, ofreció en Phoenix el “gran discurso” sobre inmigración. Donald Trump explicó su política antiinmigrantes para concluir diciendo: “habrá un muro, el cual pagará México, echaré a todos los indocumentados del país y les obligaré a volver legalmente. Lo importante en política migratoria no es lo que conviene a los inmigrantes, sino lo que conviene a los ciudadanos norteamericanos. México pagará el muro. Al 100%. Todavía no lo saben, pero pagarán por el muro”.

Es evidente que Donald Trump, como los mejores toreros, completó su faena: se montó sobre nuestro Presidente, le obligó a verlo con respeto, dio una estocada final a su agonizante carrera política, para luego dar la vuelta y marcharse sin cargo de conciencia alguno, dejando en claro que tenía los tamaños suficientes para apersonarse frente al representante de un pueblo bastante ofendido por él mismo y restregarle en su cara su decisión de seguir haciéndolo. Por su parte el presidente Peña se consolidó como el mandatario con las decisiones políticas más absurdas de la época moderna y como el más inocente de los hombres mexicanos.

El pueblo mexicano está en crisis, las palabras vertidas por el Presidente en su mensaje, horas antes del evento, relativas a su misión de crear un verdadero diálogo, promover los intereses de México en el mundo y, principalmente, proteger a los mexicanos donde quieran que estemos, retumban en nuestra cabeza, ya que ante la incapacidad demostrada y sin El Chapulín Colorado, es evidente que: ¡nadie podrá protegernos!
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