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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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08 Noviembre 2015 04:10:24
El charco de los calzones
Era un charco de aguas turbias en donde solamente podían cazarse caraballos… Jugar a los patitos o echar barcos de papel.

Hasta que el Checherengüe le encontró mejor utilidad.

Venía como siempre, bolillo en mano y bocado en el cachete…

“¿Un secreto, quieren un secreto?… ¡Yo sé dónde ver calzones!”

Chibirico estaba midiendo las “cuartas” para establecer las reglas en el juego de los retachitos… Así que contestó sin ver… “¡Pos en los tendederos!”

“¡Noooo!”… “¡En el charco!”… ¿El charco de los sapos barraganes?… El de los caraballos… Nos miramos… “A ver”…

Aquello requería de paciencia, aplanarse media hora, a veces más, hasta que pasara una muchacha con falda o con vestido, que pasara cerca del charco y sus piernas y más arriba, se reflejaran en el espejo líquido.

Y claro, que la imaginación hiciera lo suyo, porque en aquella difusa imagen, mal se veían las piernas… Pero ¿calzones?

aquellos dos juraban ver lo que yo no veía… A lo mejor porque yo estaba cegatón.

“¡Paaaaa su güira!… ¿Viste?… ¡Con moñitos!…”

“¡Aaaaaaurrepinchísisisisi-si… Florecitas, ¿viste?” Tres calzones en dos horas era una gran cosecha, decían…

Yo me aburrí de no ver lo mismo que ellos, y me fui a entrenar el trompo”.

Estaba bailándolo en la zurda cuando los gritos de María la Puerquera me distrajeron… “¡Separen a esos jijueputa que se van a matar, cabrones!” ¡Pleito… A lo mejor a machetazos!

Corrí a la calle, pero no…

Eran Chibirico y el Chéchere… Fieros y trenzados, haciéndose un candado en el pescuezo… Mentándose la madre.

Tirados en el charco, bañados en aguas turbias… En lodo… Y claro. Impidiendo el paso camión de la Dos Equis que iba a surtir los cartones de cerveza en la piquera de María la Puerquera.

Por fin una ronda de cintarazos separó a los gladiadores que bufaban de coraje.

“¡Pinche hediondo!”…

¿Qué fue?

Bueno, que hasta en las cosas más bajas hay honor… Hasta en los placeres más perversos…

El Chéchere no respetó el paso cuando vino doña Meche…“ ¡Este puerco le vio los calzones a mi jefa!”

“Pero fue sin querer”…

¡Y se iban a trenzar de nuevo!… Cuando les pidieron explicar cómo fue eso.

El misterio del charco fue aclarado.

Y como tampoco se trataba de pavimentar, se le puso un cerco de por los lados, chamaco que fuera sorprendido acercándose a la orilla sospechosamente, sería reportado y castigado a cintarazos.

Ese verano los caraballos se reprodujeron con absoluta libertad.

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