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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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26 Marzo 2017 04:04:00
El club de los cerditos
“La verdadera amistad, al igual que el verdadero amor, llegan cuando el silencio entre dos se vuelve ameno, y las palabras salen sobrando para expresarse”. Séptimo Leo. Escritor, poeta y ensayista mexicano.

En días pasados, un buen amigo de nombre Sergio Moreno Herrejón vino por cuestiones de trabajo a la ciudad. Teníamos años, casi seis, de no vernos personalmente. Por tal motivo, y a fin de ponernos al día sobre la vida de cada uno, nos fuimos a cenar y a tomar un par –literalmente– de cervezas.

En el camino le marqué a otro amigo, Sergio, pero de apellidos Castillo Lara, socio del bar El Cerdo de Babel, para pedirle nos reservara una mesa y se fueran cocinando unos buenos platillos de los que ahí preparan. La noche fue de plática, historias compartidas, recuerdos y nostalgia, a la par de redescubrimiento de los comensales, donde nos dimos cuenta, los dos Sergios y yo, que teníamos no sólo muchas cosas en común, sino incluso amigos comunes más que entrañables que JAMÁS nos hubiéramos imaginado lo eran.

Y bueno, lo anterior sirvió de pretexto para sacar un escrito preparado hace algunos años con motivo del aniversario del bar en comento, que quise ahora retomar para ponerlo a su consideración. Espero guste:

Según el Diccionario de la Academia Mexicana de la Lengua, cerdo es, entre sus muchas acepciones: 1, un mamífero doméstico de cuerpo grueso del que se aprovecha la carne, la sangre, la manteca y la piel; 2, coloquialmente hablando, una persona sucia, y 3, igualmente hablando en forma coloquial, algo que se hace en exceso o muchísimo. Y bueno, partiendo de dicha afirmación, quienes somos devotos al Cerdo de Babel de algún modo somos en parte uno o la totalidad de los conceptos señalados: mamíferos, de cuerpo y piel gruesa, aprovechables en la totalidad de nuestros cuerpos –¿o debería decir puercos?– y excedidos en nuestros actuares, sea cual sea el oficio o profesión elegido.

¿Y cómo no?, los parroquianos de este espacio de libertad en una ciudad tan puritana como Saltillo –Salt Lake City de nuestro México–, además de respirar dicha libertad, contamos con pintura, poesía, buena música, escultura, política, convirtiéndonos por ello y derivado de una genuina asiduidad al lugar, en los más cerdos de dichas disciplinas. Sumando a lo anterior que ¡bendito Dios!, podemos, sobre todo, apagar nuestra sed –la real y la espiritual– con las mejores bebidas que se puedan conseguir en la ciudad, siendo el siguiente paso aspirar al paraíso transmutado en chiquero babeliano y sibarita.

En lo personal conocí al “Cerdo” cuando apenas estaba en gestación, es decir, cuando apenas ni siquiera era lechón, dado que el concepto en general ideado por los buenos Sergio y Jerónimo, sus dueños, fue casi todo discutido en mi despacho. Y ya desde entonces, por adelantado, prácticamente con abono en mano, de sólo saber cómo se oía lo que iba a ser, me volví cliente habitual, calidad que refrendo en cada buena copa de licor, en cada panini y en cada plática que, al calor de las copas, la alegría de la buena camaradería va impregnando las paredes del lugar. Siendo lo más genial que en él cabemos todos, desde literatos poco conocidos, hasta premios Jaen y Elena Poniatowska; desde artistas arriesgados, hasta consagrados; desde grabadistas y pintores especializados en cerdos, hasta cerdos especializados en desnudos; desde directores municipales de Cultura, hasta aspiracionales subsecretarios del Ayuntamiento; desde ninis hasta orcos, elfos o brujas; desde curas con pinta de rockeros, hasta obispos candidateados a premios Nobel de la Paz; y cuya única paz la encontramos TODOS al degustar una buena cerveza helada, preferentemente artesanal y de barril.

¡Cuántas cosas hay en todos estos años! Como dije, exposiciones mil, veladas literarias, discusiones religiosas, análisis políticos, listas musicales originales –que por cierto no me han sido todavía recuperadas– hasta la historia de un amigo que el día que llevó a chupar al “Cerdo” a aquella chica a la que había rondado por bastante tiempo, descubrió que esta era de preferencias diversas y que al final de la noche aceptó irse a la cama con él por única y excepcional ocasión, en venganza de haberse enterado de que la mujer a la que ella amaba ya andaba con otra.

¡Vengan pues años más de vida al Cerdo de Babel! ¡Veinte, 30, 40! Y que a la vuelta del tiempo, cuando nuestros hijos pregunten hacia dónde encaminarse para disfrutar de un buen trago, sepamos sabiamente sugerirles: hijo mío, no sólo bebas, sino también hazte cerdo en El Cerdo de Babel.
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