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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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24 Abril 2018 04:07:00
El debate y las urnas
El primer debate entre presidenciables, celebrado el 12 de mayo de 1994, lo ganó Diego Fernández de Cevallos; sin embargo, el candidato del PAN perdió en las urnas; no sólo eso: la victoria de Ernesto Zedillo fue redonda. El priista, de quien se ponderaba su experiencia en el servicio público (“él sí sabe cómo hacerlo”, decía la propaganda), como ahora se destaca la de José Antonio Meade, obtuvo el 48.6% de los votos contra el 25.9 de Fernández y el 16.9 de Cuauhtémoc Cárdenas (PRD).

Lo mismo puede sucederle a Ricardo Anaya: haber triunfado en la controversia del domingo, pero perder las elecciones; en este caso, con el abanderado del PRI, sino con el de Morena, Andrés Manuel López Obrador, quien lidera la intención de voto. Las candidaturas de Zedillo y de Meade, ambos tecnócratas, fueron coyunturales. La primera la forzó el asesinato de Luis Donaldo Colosio; y la segunda, la crisis del Gobierno y su partido, la cual los obligó a postular un candidato externo.

Empero, las circunstancias son distintas. El presidente Peña no tiene el control del país y su popularidad está por el suelo; en cambio, las calificaciones de Salinas de Gortari eran altas, a pesar del magnicidio del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, en mayo de 1993, el levantamiento zapatista y los asesinatos de Colosio y José Francisco Ruiz Massieu en 1994. Zedillo coordinaba la campaña de Colosio, como Aurelio Nuño tiene a su cargo hoy la de Meade. Ambos fueron secretarios de Educación, pero, a diferencia de Nuño, las aspiraciones presidenciales de Zedillo, si acaso las tenía, no eran tan obvias.

Previo al asesinato en Lomas Taurinas, y ante el bajo impacto de su campaña, boicoteada desde Los Pinos, Colosio pensaba relevar a Zedillo –dicen las crónicas–. ¿Ha cruzado por la mente de Meade la misma idea con respecto a Nuño? Irónicamente, la campaña del candidato de Todos por México (PRI, Verde, Panal) vuelve a ser saboteada desde el núcleo del poder, sin ser ese su propósito. La de Colosio fue obstaculizada por un líder fuerte (Salinas); la de Meade es lastrada por un presidente débil y desaprobado por la mayoría (Peña).

Zedillo combatió la corrupción sin aspavientos, como ninguno de quienes hasta ahora han ocupado la silla del águila, muchas veces sin llenarla. El encarcelamiento de Raúl Salinas de Gortari y el proceso contra el exgobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva Madrid, detenido cuando Fox ya era presidente, demuestra dos cosas: a) cuando existe ética y voluntad política es posible castigar a quienes abusan del poder, sin importar su influencia, parentesco o posición; y b) no todo huele a podrido en Dinamarca ni en la política. Zedillo, a diferencia de los últimos presidentes –del PRI y del PAN– fue un demócrata. Sin ese carácter, la alternancia se habría pospuesto. El resultado no fue el esperado, mas, de no haber ocurrido, las cosas serían peor ahora.

La elección presidencial no está resuelta todavía, pero el primer debate confirma las proyecciones y la percepción, casi generalizada, de que los finalistas serán AMLO y Ricardo Anaya. La campaña de Meade da tumbos y el ánimo del priismo, que no termina de hacerlo suyo, está abatido. No hay resquicio para crecer. Meade puede tener cualidades para ser buen presidente, pero fue lanzado a la guerra sin fusil. Su calidad de no político (sinónimo de corrupción) tampoco se refleja en la intención de voto. El problema es la falta de credibilidad por los intereses que representa. Equipo y estrategia requieren un cambio mayor, pues el tiempo juega en su contra cada día.
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