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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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16 Abril 2018 04:00:00
El derecho a la nalgada
La noticia de que las nalgadas no son un recurso educativo válido para los padres de familia en la educación de los hijos causó intensa polémica en la opinión pública.

A pesar de que la Ley del Sistema Estatal para la Garantía de los Derechos Humanos de Niños y Niñas, Artículo 4 numeral XVIII, contempla esta restricción desde el 2014, pero no se había abierto la polémica tal vez porque había sido letra muerta.

Pero en días pasados María Teresa Araiza Llaguno, secretaria ejecutiva del Sistema de Protección Integral de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna) en Coahuila, generó la controversia porque la aplicación de la ley es un compromiso que están haciendo todos los gobernadores para promover la erradicación del castigo corporal.

En poco tiempo cientos de opiniones se le vinieron encima, muchas de ellas ofensivas, la gran mayoría opuestas a la medida y defendiendo la tradición de la nalgada como componente educativo, con argumentos tan variados como dudar de que los legisladores sepan de lo que hablan.

la preocupación de que si se prohíbe el castigo físico y emocional del infante ¿cómo se enseñará qué está mal y qué está bien?, o que no saben cómo educar al pueblo y tratan de someterlo con leyes que ni ellos mismos cumplen, llegando hasta a extremos como que en Coahuila todo está prohibido, hasta ponerle sal a la comida.

Pero más allá de la tradición, la duda es justificada: la nalgada en la educación infantil ¿realmente no es efectiva y puede ser contraproducente? ¿Hace daño pegarles a los niños? Existe la idea, muy generalizada, de que los niños pueden soportar los golpes fácilmente y que, incluso, son educativos: “Más los va a golpear la vida”, se dice con frecuencia. Pero hay suficientes pruebas que demuestran los efectos traumáticos de los golpes en la infancia.

Matizando, porque hay diferentes intensidades en el castigo corporal, pero entre otras cosas, ocasionan que en la mayor parte de las afecciones mentales uno de los elementos importantes es el maltrato infantil.

que los niños golpeados tienden a ser padres golpeadores, que aumente la tendencia al consumo de drogas, porque la droga ayuda a controlar la angustia construyendo un mundo interior placentero ficticio, que permite escapar con facilidad a los recuerdos de dolor y soledad internos, o que causen incluso trastornos alimentarios, como la anorexia o la bulimia, que tienen como origen generalmente agresiones en la infancia y que incluso muchos de los suicidios adolescentes que se realizan en secreto, tienen como finalidad castigar a los padres.

“¿Pero eso a mí qué…? porque mis hijos son muy buenas personas”, podrá pensar usted.

Está la idea de que el castigo físico (aun las nalgadas, que ya entran en la clasificación) sigue el antiguo principio pedagógico que propone que el dolor, los golpes o la indiferencia, son formadores de seres humanos rectos y honestos. Maestros, padres de familia, incluso pediatras, consideran que “una nalgadita correctora, de vez en cuando, no le hace mal a nadie y lo salva de crecer torcido”.

Nos irritamos ante niños cruelmente golpeados, pero no nos inmutamos ante estos castigos físicos o mentales. Sin embargo, las consecuencias del golpe, aún cuando sea “ligero”, cuando es repetitivo, llegan a ser graves.

¿Qué siente el niño cuando se le pega? Un dolor que no se puede explicar fácilmente, pero que le genera inseguridad en los padres (principal fuente de seguridad en la infancia), temor al abandono, sentimientos de rechazo, problemas con su equilibrio interno, disminución de autoestima, resistencia a aceptar la realidad como es, prefiriendo huir a la fantasía. Entonces ¿Hacen daño los golpes?

Tal vez no cuando son ocasionales, pero si se torna el modelo formativo, si deteriora: afecta a todo nivel de la personalidad, impide el adecuado equilibrio personal, causa asociación fisiológica entre hormonas de agresividad y situaciones que involucran objetos de afecto, conduce a la adquisición de trastornos sexuales, precipita angustias y temores que pueden llegar a ser incontrolables y causan trastornos de carácter.

Una de las ventajas de la nalgada (tal vez la principal) es permitir que la persona que la da descargue su frustración en quien la recibe. Pero el que enseña el control debe saber controlarse.

El problema mayor es que la educación para el control de la agresividad implica su identificación, pero si el que está enseñando a controlarla no la controla, el aprendizaje será deformado por la actitud opuesta, aprendiendo una doble escala de valores, contradictoria e inconsciente.

Por ello, hay que pugnar porque el cambio de modelo educativo familiar no incluya el dolor como razón pedagógica, apoyando a los padres de familia a resolver los problemas por la vía de la razón, para que la nueva generación sea racional.


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