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Ricardo Raphael
Ricardo Raphael
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Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Estudios Doctorales en Economía Política y Políticas Comparadas por la Escuela para Graduados de Claremont, California, EU. Secretario General de Democracia Social, Partido Político Nacional. Representante ante el Consejo General del IFE del partido México Posible. Coordinador de la Comisión Ciudadana de Estudios para Eliminar y Prevenir la Discriminación. Actualmente es profesor afiliado a la División de Administración Pública del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Conductor del Espiral, programa de análisis político dominical del Canal 11. Analista Político cotidiano del Noticiero Enfoque de Núcleo Radio Mil. Analista semanal del noticiero nocturno de Proyecto 40. Co-conductor del programa Claves, también de Proyecto 40. Integrante de la mesa editorial de la Revista Nexos. Miembro del Consejo Consultivo de Conapo. Cuenta con diversas publicaciones en temas relativos a: La transición democrática. La función pública. El sistema de partidos. Los derechos. La ciudadanía.

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21 Junio 2018 04:00:00
El día después
Cabe temer que la confrontación no se detenga el día después, que la polarización se prolongue, que la intolerancia se instale, que el lenguaje violento haga imposible la conversación, que se asfixie la crítica, que se destierre la diferencia.

El ambiente hostil que ha marcado a esta contienda no es democrático, si definimos democracia como lo hizo John Stuart Mill: como el gobierno mediante el diálogo.

La estridencia de los extremos está haciendo imposible el intercambio entre razones diferentes: predominan la descalificación, el insulto, la condescendencia, la arrogancia y la insolencia. Somos una comunidad que normalizó el lenguaje violento.

Los más optimistas creen que, después del 1 de julio, regresarán las aguas bravas a la calma; como por arte de magia el triunfo de un nuevo líder para la República hará que la fiesta se imponga sobre la tragedia.

En el otro polo, los pesimistas tienen miedo; temen que el triunfalismo encabronado los arrolle, los acose, los extermine. El megáfono que ha proferido ataques sin contención, durante estos meses de campaña se asoma apenas como una probada de lo que podría venirse después.

Quienes nos dedicamos al oficio periodístico también nos inquietamos porque, el día después, podría ser tierra agreste para hacer nuestro trabajo, contexto ingrato para nuestro oficio, que es esencialmente incómodo para el poder.

Esta campaña ha sido hostil para el pensamiento crítico porque, sin importar los méritos o las bases de cada argumento, se descalifica haciendo pedazos al emisor con adjetivos a la vez venenosos e infantiles, sin que las razones alcancen gravedad ni respeto por el hecho de haber sido expresadas desde la diferencia.

No hay voz en la política que se haya comportado decente en esta temporada electoral: desde las barbaridades de Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”, que propone cortarle la mano a los corruptos, o la facilidad con que el disidente es acusado de pertenecer a “la mafia del poder,” pasando por la rabia con que se promete meter a la cárcel al Presidente saliente, o el al estribillo oxidado del peligro para México.

La clase política está convencida de que todo se vale durante el proceso electoral porque desconoce que las palabras son recurso privilegiado para movilizar estados de ánimo, y por tanto para construir o destruir realidades.

Hay una liga directa entre la violencia verbal y la violencia física: la hay entre los más de 100 candidatos asesinados en esta contienda y la capacidad de los liderazgos políticos para exacerbar el desprecio por el otro.

El día después tendrá como principales necesidades una escoba y un recogedor, porque la irresponsabilidad de la política dejará un inmenso tiradero.

Por eso, el día después es una iniciativa brillante, promovida por el actor Diego Luna y otros mexicanos, para conjurar la polarización, la violencia y la intolerancia, para asegurar que la crítica sobreviva y para promover el diálogo plural y respetuoso, independientemente de quién salga triunfador en las urnas.

Para enfrentar los grandes desafíos serán necesarios lo puentes y no los barrancos; el día después es una iniciativa que pide, a cada persona, hacerse responsable de construirlos.

Diego Luna ha hecho un llamado a la clase política para que, el día después, detenga su rijosidad, pero también nos ha dedicado a los medios un argumento elocuente: porque el periodismo igual moviliza el lenguaje, nuestro oficio puede reconciliar a la sociedad mexicana, o bien continuar apartándola.

ZOOM: la libertad de expresión tiene al pensamiento crítico como motor y como faro en el horizonte crecer la coexistencia pacífica entre los diferentes. El día después será crítico para construir paz, tolerancia y respeto a la diversidad, o no habrá día después.
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