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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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25 Marzo 2018 04:00:00
El difícil arte de la convivencia
Mientras que esto escribo siguen desaparecidos tres jóvenes en el estado de Jalisco, al parecer levantados por las “fuerzas del orden”. ¿Su delito? Detenerse a revisar una falla de su vehículo después de haber grabado un documental como parte de un proyecto escolar de cine. Tememos que se repita la historia de muchos otros jóvenes que han desaparecido de manera similar, cuyas investigaciones han terminado en “carpetazo técnico”. Nadie parece hacer nada efectivo por dilucidar el ilícito, y este se olvida cuando uno nuevo capta la atención del público.

Lamentablemente sucede y sigue sucediendo aquello de imponer la fuerza bruta por encima de los derechos civiles de la población. El Estado avala esa forma de utilizar las instituciones por parte de ciertos personajes turbios, y lo que es peor, en ocasiones no solo avala dichas arbitrariedades, sino que las emprende por cuenta propia. Como si tener un pedazo de ley en las manos concediera a un individuo el derecho de atropellar a otros de manera discrecional.

Es muy doloroso vivir en el país de “no pasa nada”, en el que es peor delito robar por hambre una tapa de huevos, que defraudar al fisco mediante sumas millonarias. Donde las acciones delictivas de un individuo quedan impunes en la medida en que esté bien relacionado con quien tiene a su cargo normar o juzgar los hechos. Nuestro México es el hermoso país rico en historia, en música, artesanía y variedad gastronómica, que ha dado grandes artistas y científicos, pero en el cual alguien que se esforzó durante media vida por obtener un doctorado, percibe un salario diez veces menor al de un funcionario “chambón” que no llena el perfil del puesto, pero está allí por recomendaciones.

Son muchas las condiciones que han propiciado esta forma de actuar. Una –muy clara—ha sido la que tiene que ver con nuestra tibieza a la hora de fijar límites, digamos, muchas faltas menores que se cometen a diario son vistas como “puntadas”, y claro, no pasa nada. Si el individuo logró burlar la ley y salirse con la suya, solemos decir que es astuto o suertudo, pero difícilmente lo catalogamos como delincuente, aun cuando lo que cometió es un delito, grande o pequeño, pero un delito. Caso contrario, al que trata de cumplir con la norma lo llamamos desde “ñoño” hasta “estúpido”, difícilmente reconocemos en él como una cualidad tratar de obedecer lo establecido.

Solo para no olvidarlo, acaban de cumplirse 6 meses del sismo del 19 de septiembre. Vienen a la mente dos casos emblemáticos, entre muchos otros: El del Colegio Rébsamen y el de los donativos económicos provenientes del exterior. No hay avance en las investigaciones de los edificios construidos de manera ilegal en un predio marcado como “escolar”, y las voces de los padres de los niños muertos se pierden en el desierto de la impunidad. Con relación a los cuantiosos donativos económicos, nadie sabe dónde quedaron esas grandes sumas de dinero… a ratos da la impresión de que quienes debían hacerse responsables solo esperan el cambio de sexenio para asegurarse que todo quede en el olvido.

Comencé intitulando la presente colaboración “El difícil arte de la convivencia”, y ahora lo retomo. Un punto fundamental dentro de todo grupo humano es que cada individuo pueda actuar con libertad, pero sin afectar los intereses de los demás. En el escenario ideal, la propiedad privada, el derecho a la libre expresión, o a trabajar en lo que cada quien elija, son derechos fundamentales, cuyo límite está dado a partir del derecho de otros para hacer lo mismo. Si pretendo rebasarlos, está la ley para advertirme y en su caso sancionarme. Difícil precisar a partir de qué momento histórico el mexicano decide no reconocer esos límites y va más allá, atropellando los derechos de otros. No sé si nació de su ambición y las instituciones lo respaldaron, o fue la laxitud de estas últimas lo que propició el cambio de pensamiento en el individuo. El asunto es que en ambas situaciones, se violenta el bien común.

El arte de la convivencia: A partir del reconocimiento de los derechos del individuo, contentarnos cada uno de nosotros con los límites que el grupo señala, y desarrollar al máximo nuestras potencialidades. Dicen los especialistas que el principio del enriquecimiento desmedido es el miedo a no tener lo suficiente en el futuro. En lo personal encuentro una razón más, pensamos que el reconocimiento social está dado por aquello que se tiene y no por las obras que se emprenden.

El proceso educativo es la base del cambio, rumbo al bien común. Educar para el corazón comenzando desde el hogar, hacer de nuestro México un país de ciudadanos felices que no utilicen el atropello para sentir que valen frente al mundo.

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