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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre "Catón"
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01 Octubre 2014 04:10:08
El don precioso de la risa
Cuarto de hotel.

Noche de bodas.

La flamante desposada salió del baño duchada, maquillada y vestida para la ocasión. Grande fue su sorpresa al ver a su maridito en la cama, sin ropas ya, entregado concienzudamente a cierta actividad manual.

Antes de que ella, estupefacta, pudiera articular palabra, el recién casado se adelantó a explicar su insólita conducta: “Como tardabas en salir tuve que empezar yo solo”... La novia de Babalucas le dijo: “Estoy viendo a otro hombre”.

Respondió el badulaque: “Necesitas lentes.

Soy yo”... La acusada era joven y hermosa, de enhiesto tetamen, abundoso tafanario y bien torneadas piernas.

El jurado lo formaban solamente hombres. El juez le preguntó a la indiciada: “¿Tiene usted algo qué decir a los señores del jurado?”.

“No tengo nada qué decirles -respondió ella- pero si me absuelven tendré muchas cosas qué hacerles”... Doña Holofernes, la esposa de don Poseidón, recibió en su casa a las socias del club de costura.

Estaba sirviéndoles la merienda cuando se apareció de pronto el rudo granjero y les dijo a las invitadas: “Señoras: Si alguna de ustedes quiere orinar o defecar, el baño está al fondo a la derecha”.

Todas se quedaron frías (algunas ya de por sí lo eran). “Caramba -se dirigió una a doña Holofernes-.

Tu marido no debería decir eso en presencia de damas”.

“¡Anda! -replicó ella-.

¡Y no sabes lo que batallé para conseguir que dijera ‘orinar’ y ‘defecar’!”... Decía don Frustracio: “Yo podría tener una vida sexual normal, pero mi esposa me lo impide”.

La señora, consternada, le reprochó a la linda criadita: “¿Cómo que te vas, Famulina? ¡Siempre te he tratado como si fueras mi hermana!”.

“Es cierto -reconoció la mucama -.

Pero el señor me trata como si fuera usted su cuñada”... Hay cosas mejores que el sexo.

Hay cosas peores que el sexo. Pero no hay nada como el sexo... “Por 1935 contraje en el Brasil una tremebunda urticaria.

El padecimiento fue a dar a donde menos debía, o para decirlo con el romance viejo del rey Don Rodrigo, el que perdió a España por su desordenado amor a la Cava, yo también hubiera podido exclamar: ‘Ya me comen, ya me comen / por do más pecado había’.

El miembro se me hinchó y creció como una trompa de elefante, y el picor, ardiente e insoportable, me causaba durante las noches un verdadero frenesí.

Puse tristemente mi aparato en manos del facultativo.

‘Doctor -le dije-, quítele la comezón y déjele la dimensión”... ¿Por qué puse entre comillas ese relato picaresco? Porque no es mío.

Es de un escritor que lo fechó el séptimo día del séptimo mes de 1957.

Lo encontré en un raro libro llamado “Mitología del año que acaba.

Memoria, fábula, ficción”, perteneciente a la Colección Popular de la Ciudad de México, serie editada por el entonces Departamento del Distrito Federal.

El contenido de la obra, aparecida en 1990, fue seleccionado por Adolfo Castañón, quien hizo también el prólogo del libro.

Ahora bien: ¿quién escribió aquella picosa narración? Su autor es nada menos que don Alfonso Reyes.

No estamos aquí ante el caso que se explica con el sabido aforismo horaciano: “Quandoque bonus dormitat Homerus”, “También el buen Homero dormita algunas veces”, frase que se usa para justificar los errores o debilidades en que caen los grandes.

El cuento del ilustrísimo regiomontano, junto a otros de la misma laya, aún más sicalípticos, que escribió él mismo, ilustra la veta de humor pícaro que tenemos los mexicanos, y que constituye uno de nuestros mayores talentos, uno de nuestros goces más sabrosos.

En efecto, sabemos reír.

Los solemnes y pedantes, esos que creen que ser sabio consiste en ponerse más serios que un puerco meando, pretenden descalificar la risa, y tildan al humor de frívolo y ligero. Y sin embargo no hay nada más inteligente que el humor, esa actitud profundamente humana que no consiste en evadir la realidad, sino en plantarle cara con elegancia y gallardía, y que es además una amable forma de comunicación -de comunión- con nuestro prójimo.

No dejemos que nada ni nadie nos arrebate la alegría, el gozo de vivir, de estar aquí y de ejercer jubilosamente, por encima de todos los sufrimientos y penalidades, ese don que entre todas las criaturas sólo el hombre posee: El don precioso de la risa.

FIN.
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