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Gerardo Hernández
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27 Junio 2018 04:08:00
El ejemplo de Zedillo
Enrique Peña Nieto ya no puede salvar su presidencia. Su aprobación ronda el 20%, la más baja para cualquier mandatario desde que se tenga registro. Tampoco está en condiciones de cambiar el curso de la historia. El triunfo de Andrés Manuel López Obrador lo dan por sentado Montescos y Capuletos, así sea a regañadientes. Lo que sí puede, a cinco meses de concluir el sexenio, es asumir su papel de jefe de Estado, dejar de interferir en las elecciones y acatar el juicio de las urnas. Ernesto Zedillo reconoció el triunfo de Fox y libró al país de una crisis política.

Un nuevo “fraude patriótico” condenaría al país a mayores males. La victoria de AMLO adquirió carta de naturalidad mucho antes de los comicios. Su ventaja en las encuestas es tan amplia, tanto el enojo ciudadano y tan arraigado el deseo de cambio, que no existe margen para un final inesperado; si acaso, Ricardo Anaya podría acortar la brecha. Peña Nieto y su partido tiraron por la borda la oportunidad de romper con el pasado y diferenciarse del PAN y de López Obrador.

El PRI que regresó al poder, después de 12 años en la oposición, es uno de los más nefastos. Encubrió a gobernadores pillos y a funcionarios venales, ejerció el poder de espaldas a la sociedad y la estrategia contra la delincuencia organizada devino baño de sangre: más de 120 mil muertos y decenas de miles de desaparecidos. Las masacres en Tlatlaya, Apatzingán y Ecuandureo, entre otras, la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, el asesinato de 50 periodistas (Eje Central, 29-05-18) y de 48 candidatos y precandidatos en el proceso electoral (El Financiero/ Etellekt, 26.06.18) ponen de relieve la debilidad del Estado y la crisis de derechos humanos.

No es casual, entonces, que el 79% de la población rechace la idea de que el PRI permanezca en la presidencia otros seis años. Para el 61%, AMLO representa la mejor opción de cambio; y para el 26%, Ricardo Anaya, de la coalición Por México al Frente (Reforma, 30-05-18). En una encuesta previa, el 47% manifestó que nunca votaría por el PRI, el 12% por Morena y el 7% por el PAN (15-02-18).

El PRI olvidó su raíz popular cuando la tecnocracia se hizo con el poder, en el sexenio de Miguel de la Madrid. El PAN, tan pronto obtuvo la Presidencia, arrió las banderas contra la corrupción. Con la experiencia de tres campañas presidenciales y un discurso social y antisistema, AMLO se convirtió en el catalizador del enfado y la indignación nacionales. La clave de su éxito consistió en denunciar la corrupción y la impunidad, y en su promesa de atacarlas de raíz. ¿Cumplirá?

Para el exprocurador General de la República, Diego Valadés, la tarea no es tan simple: “La gran corrupción se presenta en todos los niveles y órganos de gobierno y corresponde a procesos de alta complejidad en que los intereses privados, lo mismo legítimos que ilegítimos, se confunden con los públicos para obtener ventajas indebidas”.

El exministro de la Corte advierte que “para disminuir la corrupción son necesarias templanza personal, la ejemplaridad de los dirigentes y un elenco de castigos severos, pero esto no es suficiente. El costo de omitir las demás decisiones que exige la gravedad del problema llevaría a un fracaso más, con efectos negativos en la eficacia del Estado y en la confianza social” (Reforma, 04-06-18).

El desgaste de la figura presidencial se aceleraba en el sexto año. Con Peña empezó en el segundo. Ignorar los conflictos de interés y los escándalos de corrupción terminó por sepultarlo. En 2000, Zedillo fue el primero en reconocer el triunfo de Fox. ¿Hará lo mismo Peña si gana AMLO?
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