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Xavier Díez de Urdanivia
Xavier Díez de Urdanivia
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Xavier Díez de Urdanivia es abogado (por la Escuela Libre de Derecho) Maestro en Administración Pública (por la Universidad Iberoamericana) y Doctor en Derecho (por la Universidad Complutense, Madrid). Ha ejercido diversas funciones públicas, entre las que destacan la de Magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Coahuila, del que fue Presidente entre 1996 y 1999, y Abogado General de Pemex. Ha publicado varios libros y muy diversos artículos en las materias que constituyen su línea de investigación, e impartido conferencias, seminarios y cursos sobre las mismas. Actualmente es profesor de tiempo completo en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, donde imparte cátedra e investiga en materia de Derecho Constitucional, Teoría y Filosofía del Derecho y Teoría Política. También es colaborador de la página editorial de Zócalo y de Cuatro Columnas (de la Ciudad de Puebla), y lo ha sido del Sol del Norte y El Diario de Coahuila, así como de los noticieros del Canal 7 de televisión de Saltillo, Coah.

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14 Julio 2019 03:00:00
El ejercicio de la abogacía
El 12 de julio de 1553 se dictó en México la primera lección de la cátedra de leyes, que corrió a cargo del letrado don Bartolomé de Frías y Albornoz. Por esa razón, y a iniciativa de Federico Bracamontes, director del Diario de México, el presidente López Mateos decretó la instauración del Día del Abogado precisamente en el día correspondiente de cada año.

Acaba de celebrarse y eso invita a reflexionar sobre la abogacía y su ejercicio, especialmente en estos tiempos de tribulación vinculada con, precisamente, el desapego a las estructuras normativas y el desorden corruptor que eso conlleva.

Son días –coincidentemente– en que se conmemora la fundación de la Escuela Libre de Derecho, en 1912, que surge al amparo del Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México, la agrupación profesional más antigua de América.

De ese colegio toma la escuela el lema que aparece en los títulos que expide: “ius neque inflecti gratia neque perfringi potencia neque adulterare pecunia debet”, lo que en castellano significa que el derecho no debe ser desviado o degradado por los favores, ni quebrantado por el poder, ni adulterado por el dinero.

Ese es un buen referente para orientar la conducta de quienes, al abrazar el ejercicio de la operación profesional jurídica, asumen también el deber, tanto jurídico como ético, de salvaguardar la justicia que constituye la materia prima del Derecho, garantizada por la seguridad jurídica, entre cuyos extremos no hay contradicciones, aunque no es raro que una u otra sean presentadas como excluyentes, lo que es un falso dilema.

El Ulpiano, ese insigne jurista romano a quien se cita frecuentemente (mal, por cierto) al definir la justicia, dejó sentado que el Derecho es “la ciencia de lo justo y de lo injusto”.

Él mismo, en el “Digesto”, precisa que los preceptos del Derecho descansan en tres principios básicos: vivir honradamente, no dañar a los demás y respetar el derecho de cada uno de los demás.

Poco complicada es esa fórmula, que sin embargo traducir en hechos y acciones requiere voluntad, resolución y disciplina. De otra manera, serán postulados sonoros e inalcanzables, aptos para colmar discursos y escritos de oropeles, pero ideas sin sentido porque nacen muertas desde el momento en que no hay intención de perseguirlas como ideales.

Es claro: se requiere más que buena voluntad, porque la sociedad de nuestros días ofrece complejidades que demandan de una estructura igualmente compleja y, además, sutil. Hace falta por lo tanto estudiar esas realidades para mantener al día los saberes y soluciones jurídicas que a su estructura le hagan falta, para que no pierda firmeza y agilidad.

Es alentador, por lo tanto, que quienes han asumido la dirigencia de la Asociación Abogados de Coahuila, A. C., durante la ceremonia oficial del caso, hayan manifestado, por boca de su presidente, que “…debemos asumir… un liderazgo de conocimiento, un conocimiento técnico-científico, que nos permita comprender a fondo, lo que la sociedad actual requiere de nosotros los abogados”, además de tener presente que “la formación jurídica, no concluye con los años universitarios, es propio de la naturaleza de nuestra profesión, el aprendizaje constante y la mejora continua”.

Es prometedora la idea de que el Derecho es dinámico, y que se debe en consecuencia entender que su estudio “es algo más que conocer la ley”.

De incurrir en ello, sobrada razón existe al afirmar que no puede conformarse ni detenerse la acción del jurista en el estudio del marco normativo o la técnica legislativa, que muchas veces, como es fácil atestiguar, se mantiene y ha mantenido ajena a la ciencia jurídica y, yo diría más, al más elemental sentido de la justicia y lejana a la razón y la lógica.

Es bueno que las nuevas generaciones se despojen de las camisas de fuerza de una tradición desgastada y vacía, para rescatar las esencias del saber jurídico y adaptar su aplicación a los requerimientos contemporáneos.

Auguro para ellas, así, el mayor éxito.
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