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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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28 Noviembre 2016 04:00:00
El error de pensar que los demás son más felices
Con frecuencia las personas sobrestiman la felicidad de los demás. Es común que los seres humanos arropen ideas como “el jardín del vecino es más bonito que el mío”, “el carril de al lado siempre avanza más rápido”, “si tan sólo tuviera el 10% del dinero que posee ese millonario”, “¿por qué esto sólo me sucede a mí?” o “esa persona llegó a ser exitosa porque antes eran otros tiempos”. Estas expresiones han sido inventadas y arraigadas por las sociedades y se traducen en barreras que limitan la felicidad y el desarrollo pleno.

De acuerdo con Eduardo Punset, una parte de la felicidad es la “felicidad programada”, la cual “tiene que ver con la capacidad de imaginar situaciones estresantes”. En ese sentido, este profesor universitario habla de la existencia de “paraísos artificiales”, que son representaciones mentales de los placeres que los mismos humanos han construido durante siglos y que los han llevado a valorar de forma inconveniente cuestiones como la comida, la diversión, el sexo, las drogas, el alcohol, la música, el arte y, por supuesto, el acumulamiento de dinero. Punset cita a Roberto Sapolsky para advertir que el estrés provocado por motivos imaginarios es característico del ser humano. Sin que por esa razón no pueda combatirse.

La definición y búsqueda de la “felicidad” ha ocupado mucho del tiempo de las personas. Es difícil asumir una sola noción de “felicidad”. Sin embargo, existen algunas en torno a las cuales se han generado consensos de peso. Por ejemplo, en el Diccionario de la lengua española (RAE, 2016) se define a la “felicidad” como “estado de grata satisfacción espiritual y física”, “persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz” y “ausencia de inconvenientes o tropiezos”.

Grandes filósofos de todos los tiempos han dedicado un espacio de sus vidas para reflexionar acerca de esta expresión y su significado. Aristóteles se refirió a “la felicidad” como algo que “depende de nosotros mismos”; Kant como aquello que “no brota de la razón sino de la imaginación”, y Huxley precisó que “el bien de la humanidad debe consistir en que cada uno goce el máximo de la felicidad que pueda, sin disminuir la felicidad de los demás”. Más o menos, todas estas nociones, como otras tantas, apuntan en una misma dirección: la felicidad es un estado de ánimo que depende de las ideas y la predisposición de cada persona.

La proliferación de medios y canales de comunicación masiva, a través de los cuales constantemente se manipulan los pensamientos, sentimientos y emociones de los destinatarios de los mensajes, ha dificultado la comprensión de una noción, sino correcta, sí más útil de “felicidad”. Aquí un caso. Según Victoria Nadal (El País, noviembre 2016), con base en un estudio de The Happiness Research Institute, se concluye que “los usuarios de las redes sociales solo muestran en sus perfiles la parte de su vida que les interesa que los demás vean: las buenas noticias –el 61% de las personas publican solo las cosas buenas que les pasan–, las fotografías retocadas, el encuadre pensadísimo que parece casual... Proyectan una vida irreal que hace que la mitad de los usuarios envidien las experiencias que otros comparten en sus perfiles y que un tercio envidie lo felices que parecen sus contactos de Facebook”.

Una alternativa para entender y dominar mejor el funcionamiento de este aspecto sustancial de la vida, que condiciona en mucho todos los demás, puede ser trabajar en el fortalecimiento de la mente, a través de lo cual es posible alcanzar el nivel de paz, seguridad y los equilibrios indispensables para ser felices. Amy Morin realiza una interesante aportación en ese sentido; señala que entre las 13 cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen se encuentran: no pierden el tiempo autocomplaciéndose; no evitan el cambio; no se concentran en lo que no pueden controlar; no viven en el pasado; no les duele el éxito de los demás; no temen a la soledad, y no sienten que el mundo les debe algo.

De igual forma pueden ser provechosos los apuntes de Punset, para quien la fórmula de la felicidad consiste en separar lo esencial de lo importante, así como en identificar y no perder de vista los factores que sustentan y amenazan la felicidad, entre los que se encuentran el predominio del miedo, el estrés imaginario, el disfrute, la búsqueda de la expectativa y las relaciones personales.

Finalmente, vale la pena no perder de vista que las personas tienen más complicaciones y problemas, y experimentan más angustias, de lo que imaginamos. Además, sus historias, capacidades y prioridades son distintas, de tal modo que resulta imposible realizar comparaciones objetivas; hacerlo sería un error. Aunque hay coincidencias, las representaciones mentales de unas personas con respecto a las fuentes de felicidad son distintas a las de otras. Lo que para algunos es importante, para otros no lo es, o no en la misma forma o medida. Por nuestra felicidad, no olvidemos esto la próxima vez que intentemos compararnos.
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