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Ricardo Raphael
Ricardo Raphael
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Licenciado en Derecho por la UNAM. Maestro en Ciencias Políticas por el Instituto de Estudios Políticos de París, Francia. Maestría en Administración Pública por la Escuela Nacional de Administración (ENA) de la República Francesa. Estudios Doctorales en Economía Política y Políticas Comparadas por la Escuela para Graduados de Claremont, California, EU. Secretario General de Democracia Social, Partido Político Nacional. Representante ante el Consejo General del IFE del partido México Posible. Coordinador de la Comisión Ciudadana de Estudios para Eliminar y Prevenir la Discriminación. Actualmente es profesor afiliado a la División de Administración Pública del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Conductor del Espiral, programa de análisis político dominical del Canal 11. Analista Político cotidiano del Noticiero Enfoque de Núcleo Radio Mil. Analista semanal del noticiero nocturno de Proyecto 40. Co-conductor del programa Claves, también de Proyecto 40. Integrante de la mesa editorial de la Revista Nexos. Miembro del Consejo Consultivo de Conapo. Cuenta con diversas publicaciones en temas relativos a: La transición democrática. La función pública. El sistema de partidos. Los derechos. La ciudadanía.

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09 Junio 2016 04:00:22
El error fue de Peña Nieto
Las cosas por su nombre: las derrotas que el PRI enfrentó el domingo pasado son responsabilidad de su dirigencia. Y porque se trata del partido gobernante la carga principal está en Los Pinos y no en las oficinas del tricolor.

Es un pretexto sin sustancia señalar a Manlio Fabio Beltrones como fusible quemado por los resultados obtenidos.

En agosto del año pasado Beltrones recibió un partido abollado: los escándalos de corrupción (casa blanca y Malinalco) y de derechos humanos (Ayotzinapa y Tlatlaya) pesaban como loza de cemento sobre el priismo. No ayudaba tampoco la aprobación del Presidente que por esa fecha era la más baja en la historia mexicana.

Si Beltrones quería remontar necesitaba enfrentar varios obstáculos y algunos de ellos –los más importantes– estaban ubicados fuera de su radio de operación política.

Como ejemplo está el obstáculo de la corrupción que merece analizarse con cuidado. El electorado mexicano sabe que ese mal afecta a todos los partidos y por tanto es bobo asumir que corrupción es sinónimo de priismo.

Ahí están los ejemplos de Guillermo Padrés (Sonora), Gabino Cué (Oaxaca) o Mario López Valdés (Sinaloa), todos gobernantes con sendos expedientes de corrupción que llegaron al poder gracias a las siglas del PAN y del PRD.

La pregunta más sofisticada del elector fue otra: frente a los escándalos de corrupción, ¿qué tan dispuesto ha estado el PRI –partido mayoritario y en el Gobierno– para enfrentar este mal estructural?

La respuesta a tal interrogante fue doblemente derrotada: desde la Presidencia se decidió proteger a gobernantes y exgobernantes priistas corruptos y también desde esa oficina se cometieron errores que retrasaron la aprobación del sistema anticorrupción.

Durante el último año, Enrique Peña Nieto cubrió con su manto protector a Humberto Moreira (Coahuila), Fidel Herrera (Veracruz), Roberto Medina (Nuevo León), César Duarte (Chihuahua), Javier Duarte (Veracruz) y Roberto Borge (Quintana Roo), por nombrar sólo algunos casos.

Al primero le brindó apoyo jurídico en el extranjero, al segundo lo nombró cónsul en Barcelona, al tercero lo perdonó, al cuarto lo ayudó desde Hacienda para que se comprara un banco, al quinto y al sexto no los tocó, a pesar de la evidencia escandalosa de trapacerías y robo en despoblado.

Como si esta cadena de errores no hubiese sido suficiente, el consejero jurídico de la Presidencia, Humberto Castillejos, elaboró una iniciativa de ley de responsabilidades administrativas –la primera anticorrupción– laxa y sin dientes que luego fue presentada con gran cinismo por el senador Pablo Escudero.

Se quería sepultar con ella la iniciativa 3 de 3 que alcanzó más de 600 mil firmas ciudadanas de respaldo.

Fue por arrogancia política que luego se retrasó la negociación del sistema anticorrupción con los partidos de oposición y con la sociedad civil. A este desacierto se debió que tal sistema no estuviera listo para ser aprobado antes de las elecciones.

Con un mejor cálculo de puntualidad el Presidente habría entregado al PRI la potente vacuna que necesitaban sus correligionarios a la hora de enfrentar la crítica durante el reciente proceso electoral.

El tricolor podría no ser el partido más corrupto, pero sí se presentó el domingo pasado como la fuerza responsable de la pasividad en contra de la corrupción.

Llegó la hora para que Enrique Peña Nieto se desdiga y acepte que la corrupción en México no es sólo un problema cultural. Por lo pronto es evidente que la ciudadanía está dispuesta a combatirla en las urnas.

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Al Presidente le quedan sólo dos años para definir el papel que los libros de historia le van a entregar. Todavía está a tiempo de corregir dentro de esa casa las muchas contradicciones que fuera de ella hacen que el error político predomine.
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