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Ricardo Torres
Ricardo Torres
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27 Noviembre 2015 04:00:17
El espíritu del legislador
La doctrina del Derecho describe al ciudadano común, como un ente constituido de derechos y obligaciones, bajo esta concepción los juristas de antaño, se dieron a la tarea de endilgarle al hombre una serie de normas legales tendientes a regular su conducta, con el único fin de lograr la armonía en las sociedades, de las cuales el individuo es parte, es decir, lo que ahora conocemos como justicia, derechos y obligaciones, no es otra cosa, que una invención subjetiva del ser humano.

Ahora bien, para la interpretación de estas leyes creadas por el hombre debemos echar mano de la principal herramienta que la doctrina ofrece y que se denomina “El espíritu del legislador”, ya que, toda Ley posee una letra (lo que consta escrito) y un espíritu, que es lo que motivó al legislador a dictarla, o lo que es lo mismo, para entender una norma es necesario que nos remitamos a descubrir cuál era la verdadera intención del creador de la ley al momento de su promulgación.

Bajo este esquema en días pasados me he dado a la tarea de investigar cuál fue la principal motivación de los legisladores locales para promulgar leyes como la recién creada Ley de la Familia Coahuilense, en la cual, entre otras cosas, otorga la posibilidad a los ciudadanos coahuilenses de tener de manera legal y regulada una o varias relaciones extramaritales, ya antes nuestros ilustres diputados habían concedido a las personas del mismo sexo contraer matrimonio, así como la posibilidad de ejercer un divorcio exprés o sin causa, la adopción de menores incapaces por matrimonios del mismo sexo, entre muchas otras leyes denominadas por nuestro representantes como “de vanguardia”.

Si nos remitimos a que la principal necesidad del Estado es la de lograr la armonía de una sociedad, debemos entonces confrontar las leyes mencionadas contra las verdaderas necesidades de nuestra sociedad, para luego concluir si las normas creadas en verdad son necesarias, otorgan algún beneficio a nuestra sociedad o por lo menos contribuyen en algo a la armonía de nuestro pueblo.

Una vez realizado el anterior ejercicio he de concluir entonces que la serie de leyes descritas en párrafos anteriores no encuentran un verdadero motivo que respalde su creación, y por el contrario, agravian de manera evidente el bienestar de una sociedad que día con día ve cómo los valores fundamentales que la hacían distinguida ahora, por mandato de ley, deberán abandonarse.

Es evidente que los legisladores en un afán de privilegiar a un sector bastante minúsculo de nuestro pueblo, exponen y dejan de tutelar los principales elementos que constituye a una sociedad y que lo son la familia y los niños, a quienes sin duda afectan de manera directa esta serie de leyes sin sentido, puesto que las mismas les han venido restando garantías y derechos, en igual medida que les han otorgado canonjías a quienes, de manera deliberada, deciden inmiscuirse en relaciones distintas o impropias.

Sin duda alguna, para la promulgación de estas leyes los diputados coahuilenses han sido omisos en fundar sus decisiones en las necesidades reales de nuestra sociedad, o bien en la intención de armonizar y encauzar el destino de los gobernados, dejándonos ver que en estos casos “El espíritu del legislador” lo era precisamente su propia carencia de espíritu.
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