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29 Septiembre 2018 04:00:00
El Estado benefactor
Gerardo Abraham Aguado Gómez

Muchas veces nos hemos preguntado acerca del rol que juega el Estado en la economía de los ciudadanos, hasta qué punto debe repartir subsidios y ayudas sociales sin que este se convierta en el Estado benefactor y controlador que reparta a diestra y siniestra con tal de mantener el control electoral, sí, como pasa en Coahuila.

A lo largo del tiempo, las ideas sobre el papel económico del Estado han evolucionado. En el siglo 18 se pensaba que el Estado debía fomentar activamente el comercio y la industria; posteriormente, en el siglo 19, decían que se debía dejar que el sector privado hiciera su parte y se encargara de la parte económica, sin intervención emergente del Estado.

A raíz de diversas crisis económicas en el mundo, varias teorías prefirieron inclinarse por la idea de que el Estado no solo debía intervenir para enfrentar los problemas económicos dentro de la sociedad, sino directamente establecer mecanismos que promovieran el desarrollo económico.

Para responder a la depresión económica, los gobiernos no solo asumieron en aquel momento un papel más activo con tal de regular la economía de las familias, sino que se aprobaron medidas legislativas como: subsidio al desempleo, seguro social, programas asistenciales, etcétera.

A partir de ese momento comenzó una historia que ya todos conocemos, el Estado, cómodo al controlar parte de la economía de manera indirecta, se dio cuenta de cómo podía influir sobre quienes necesitaban de estos beneficios. Fue así que al poco tiempo teníamos un Estado benefactor que repartía dádivas y se había olvidado de impulsar el desarrollo integral. Hoy en día esta personalidad que adoptó el Estado no solo figura en México o en Coahuila, sino que se ha convertido en el modus operandi en muchas administraciones de cualquier orden de gobierno en muchas partes del mundo para así lucrar con la escasez.

La economía actual lo que sugiere es establecer un diagnóstico puntual de las causas de desempleo y así establecer políticas públicas que reduzcan los incentivos por no trabajar y aumentar las posibilidades de autoempleo, así como la búsqueda por parte del Estado de inversiones que generen empleos, ya que el crecimiento de un Estado o nación se da en la medida que exista un mayor acceso laboral con salarios reales y por ende una mejora en el nivel de vida de las personas. Mientras el Estado no tenga interés por hacerlo, seguirá siendo el benefactor que le permita tener dominio político y que tanto daño hace a las democracias.

¿Y qué tiene que ver la economía con la democracia? Mucho, porque en México y en el caso de Coahuila, durante años se han diseñado políticas económicas con orientación oportunista o partidista, y esto sin duda ha incidido en el resultado de muchas elecciones en el país.

Dentro de todo hay una buena noticia, el pasado resultado electoral nos dio cuenta de que el país está evolucionando y que se vislumbra una luz electoral; la del voto razonado. Dejando de lado la hegemonía de papá Gobierno.

¿Qué queda, entonces? Muy fácil, que el Gobierno encamine sus esfuerzos –cuando se dé cuenta de que poco a poco y cada vez más dejará de influir sobre el electorado– a establecer políticas económicas que privilegien ante todo el desarrollo económico del Estado y, entonces sí, la generación del bien común.
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