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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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30 Marzo 2014 04:11:23
El futbol en una sociedad enferma…
Por la cantidad de comentarios, reacciones y hasta decisiones en el orden legislativo -como desempolvar una ley para sancionar con cárcel a los rijosos- que se generaron a raíz del lamentable zafarrancho en el estadio Jalisco (donde los policías preventivos sacaron la peor parte), pareciera que la brutalidad de la muchedumbre resultara una suerte de gran revelación, algo inédito e inaudito que llama a la indignación generalizada, pero en el fondo se trata sólo de una expresión más de una sociedad ya muy enferma.

Vale la pena retomar el punto de vista del escritor Juan Villoro sobre lo ocurrido el sábado 22 en Guadalajara: los dueños y directivos de todos los equipos de futbol en México son responsables de la violencia generada en los estadios, luego que inicialmente no respetan a los jugadores ni a la afición; además, permitieron a las barras de animación crecer sin ninguna restricción.

Desde su óptica hay que agregar la complicidad que hay con televisoras y comerciantes, la cual anima los torneos cortos y que cada uno tenga liguilla, lo que atenta contra la identidad y los afectos de la gente; “los estadios son los canales adecuados para acelerar los sentimientos sociales en forma extrema, lo que evidencia la descomposición social”.

Ahora, la voz del sacerdote de Guerrero, Jesús Mendoza, que apunta a la médula cuando de caracterizar lo que sucede en el país se trata: “tenemos una sociedad enferma: enferma de miedo, rabia, impotencia, desesperación, angustia y deseos de venganza”.

Entonces tenemos a una sociedad desesperada, una multitud que acude a un estadio de fútbol, que busca mecanismos de catarsis y que los encuentra (condimentado con alcohol y pasión futbolera) por la única vía posible dado el contexto económico, social y cultural: la violencia. Cuando se pierden asideros, cuando ya nada significa un elemento de contención, cuando no existe el más mínimo respeto a la ley y menos a las figuras “de autoridad”, como policías y políticos,
es muy fácil que cualquier cosa detone el deseo de venganza, que en última instancia es una búsqueda de desagravio momentáneo ante un entorno hostil.

Dice Juan Villloro que los dueños y directivos tienen la culpa de la violencia en los estadios. Habría que agregar que también la tienen todos los actores sociales, económicos y políticos que por ación u omisión, contribuyen a condimentar el caldo del que se nutren todas las expresiones de violencia. Eso sucede en un país enfermo, y México es de esos.
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