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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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29 Abril 2018 04:00:00
El hijo que sí he tenido
30 de abril: Día del Niño. Fecha instaurada por la ONU, festejada por todos, aprovechada por el comercio para lo suyo, y por las buenas conciencias para reivindicar la figura del infante. Ocasión en la que todos amamos a los preciosos enanos que revolotean alrededor nuestro en casa, en la escuela o en la vía pública. Hoy los adoramos y celebramos. Los restantes 364 días del año: ¿Qué hacemos?

Como pediatra me ha tocado conocer el mundo desde la perspectiva de mis pacientes, a partir del momento cuando llegan al mundo. Abandonan de manera intempestiva el bendito claustro materno, que les proporcionó sereno albergue por algo así como 40 semanas, sin contacto con la luz, y percibiendo sonidos como sordos murmullos de cuando en cuando. Su única constante era el tum-tum de la circulación materna que los abrazaba mediante esa placenta proveedora de oxígeno y nutrientes. En el mejor de los casos, acompasados por los dulces cantos de una madre amorosa. De súbito, en minutos se enfrentan a la luz, intensa cuando se trata de un área hospitalaria. Los sonidos son muy fuertes en comparación con lo que habían conocido. Aparece la sensación de frío, extrema para ellos, por su piel tan delgada. Hay manipulación, los cargan, los mueven, los revisan y pesan; algunas veces los limpian de manera enérgica. En esas primeras horas de vida reciben sus primeros piquetes. Lo más terrible para ellos en esos momentos después del nacimiento, es la separación de la madre, fuente de vida.

Superado, o medianamente superado este episodio, el pequeño va adaptándose poco a poco al ambiente que le tocó vivir. Freud diría que comienza a elaborar el desprendimiento de la madre; la mamá dirá que no le alcanza el tiempo para todo, llegando a estados de ánimo desde la angustia severa a la depresión profunda, y al final de todo el desastre llega la abuela al rescate. Por eso es que en la receta para una infancia feliz, siempre debe incluirse una abuela amorosa y salvadora.

Es justo este un buen momento para detenernos a analizar bajo qué circunstancias llegó ese chaparrito al mundo, para así entender cuáles son los compromisos familiares frente a ese nuevo ser que arriba con todo el derecho a una vida feliz. Aquí sobreviene el primer choque entre sus derechos y nuestra comodidad, en esa realidad absoluta de tener un relojito que llora cada 3 o 4 horas y generalmente ensucia pañales con igual frecuencia, lo que nos obliga a organizarnos para cumplir con él.

Comencé con un epígrafe de Ramón López Velarde quien nunca se animó a participar en ser padre. Aparte de su convicción personal murió muy joven. De todas formas en su fragmento “Mi obra maestra” expone sus razones, tan válidas entonces como hoy en día. Sintió no estar preparado para hacerlo. Ello invita a una reflexión, ojalá que no para que los jóvenes se sumen a la postura del poeta, sino más bien para que analicen si ya están preparados del todo, y en caso de no estarlo, se den el tiempo para conseguirlo antes de colocarse en situación de engendrar un hijo.

A estas alturas del desarrollo de la humanidad no es válido decir que esa nueva vida es resultado de “un accidente”. Habrá que revisarnos por generaciones, si los adultos más adultos estamos cumpliendo con preparar a los jóvenes a hacerse responsables de sus actos y de las consecuencias de los mismos. No podemos cerrar los ojos y decir “ya Dios dirá”, pretendiendo transferir la responsabilidad personal a una instancia celestial.

En estos días la prensa local reportó el caso de una chica de 16 años que le comunicó a su padre que podría estar embarazada, y el progenitor arremetió contra ella golpeándole el abdomen con una tabla. Yo sé que es el caso extremo, la punta del iceberg, la nota roja que no nos interesa leer. Sin embargo hay que hacerlo y luego ir al espejo a mirarnos, a escudriñar bien.

Demos vuelo a nuestra sana alegría en el Día del Niño. Alegrémonos con ellos, festejemos también, permitamos salir nuestro niño interior y gocemos. Pero al final del día, por favor, dejemos la casa recogida, retomemos nuestra postura de adultos y hagamos un examen de conciencia muy personal, muy serio: Analicemos si celebramos por un día a ese niño, o si en realidad estamos construyendo un andamiaje que le permita acceder a las mejores oportunidades en la vida, a las que él tiene derecho por el solo hecho de haber nacido. Verifiquemos si nosotros tenemos las mejores calificaciones como educadores, y si no las tenemos, habrá que trabajar en conseguirlas.

La vida del hijo es obligación sagrada, con una fuerza tal que propicia los mejores cambios en nosotros. No debemos olvidarlo.

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