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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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07 Febrero 2018 04:00:00
El hombre que no pudo suicidarse
¿Cuál es el colmo de un suicida? Intentarlo dos veces y quedar mal como suicida por no morirse. Esto que parece un mal chiste y que, además provoca la idea de que es imposible explicar racionalmente al no lograr terminar con su vida, fracasando en dos intentos, en realidad depende de una lógica evolutiva de la especie llamada suicidio como comportamiento estratégico fallido.

Tal es el caso de Juan Carlos Encina Flores, de 35 años, que trató de suicidarse el jueves 1 de febrero en la colonia Portal de las Torres en Saltillo, primero hiriéndose con una navaja en el abdomen y luego tirándose de una ventana del segundo piso de su casa, después de sostener una larga y dolorosa discusión con su cónyuge, quien intentaba persuadirlo de que dejara de lastimarse, sin resultado.

Existen muchas líneas de explicación del comportamiento suicida y quizá cada una de ellas tenga su propia fuerza explicativa, sobre todo para determinados casos concretos.

Así, existe la perspectiva sociológica iniciada por Émile Durkheim, con sus cuatro tipos de suicidio (suicidio egoísta, altruista, anómico y fatalista), clasificación por cierto pionera en el estudio de este fenómeno social. Se tiene también la perspectiva individual, en donde el suicidio está precipitado por la reunión de una serie de elementos que obligan a la persona a tomar la decisión (anhedonia, incomunicación, soledad, pérdida de expectativas, autoagresión y derrumbe de la autoestima) pero está tomando fuerza otra interpretación interesante del comportamiento suicida: la depresión como función evolutiva.

Esta idea ha sido estudiada a fondo por Paul Andrews, psicólogo evolutivo de la Universidad McMaster, y J. Anderson Thomson, psiquiatra de la Universidad de Virginia. Ellos sostienen que los efectos de la depresión como la falta de placer e interés en las actividades diarias predisponen al pensamiento analítico, a la obsesión por la fuente del padecimiento, así como un aumento del sueño REM, en donde el cerebro consolida los recuerdos para alejar al sujeto de las actividades normales de la vida y centrarlo en resolver el problema subyacente que desencadenó el episodio depresivo (como una relación fallida, por ejemplo).

Pero cuando esta estrategia evolutiva de solución de problemas falla, se presenta el suicidio. La estrategia, entonces, del suicida sería que el intento de suicidio (que en la mayoría de ocasiones se frustran por algún motivo) mandaría una señal para obtener la ayuda de otros congéneres.

Aun con el riesgo de morir, se busca una posibilidad de ser ayudado de forma privilegiada para resolver los conflictos que lo afligen. Esta forma patológica de súplica que trasciende la lógica racional del costo-beneficio puede ser, dicen los autores, un último intento de mejorar la supervivencia, porque los congéneres asumen en efecto que un comportamiento tan extremo requiere de una ayuda especial.

Uno de los defensores más convencidos del suicidio como estrategia evolutiva fallida, Edward Hagen, antropólogo de la Universidad Estatal de Washington, analizó 474 registros etnográficos que describen el comportamiento suicida en 53 culturas de todo el mundo y encontró que una de cada 3 culturas consideraba a la víctima de suicidio como una carga para los demás.

Algunas de sus observaciones son contundentes: las víctimas habrían sufrido un evento amenazante, como la pérdida de una pareja o recursos, cuyas repercusiones a largo plazo dependían de cómo respondían los demás. Las víctimas a menudo eran personalmente impotentes y frecuentemente se entraban en conflicto con quienes les rodeaban, utilizando tal conflicto como herramienta de negociación, de la misma manera como Juan Carlos Encina quiso hacerlo. Él gritaba por ayuda para resolver un problema crítico y no la recibía de ninguna parte.

Sin importar tanto las teorías explicativas del suicidio que se asuman para elaborar las políticas públicas para su prevención, es importante partir de la sensibilización social sobre las señales depresivas que, por pasar desapercibidas, las ayudas sociales suelen resultar muy poco eficaces y pueden ser una de las causas del actual incremento de suicidios.

Por ello, Juan Carlos Encina tuvo que enterrarse un cuchillo en su vientre y saltar por la ventana del segundo piso. Y después tan sólo los bomberos le hicieron caso.
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