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David Boone de la Garza
David Boone de la Garza
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01 Mayo 2017 04:00:00
El impacto del trabajo en la dignidad de las personas
El trabajo es un medio que contribuye a que la persona –un fin en sí mismo– potencie el libre desarrollo de su personalidad y dé cauce a su dignidad. Por ello resulta valioso reflexionar acerca del significado y las implicaciones de esta actividad humana básica. Como otras fechas internacionales o universales, el Día del Trabajo tiene su origen en un acontecimiento histórico que cambió el rumbo de la humanidad. Se trata del episodio conocido como “los mártires de Chicago”.

El 1 de mayo de 1886 se disparó una gran huelga que paralizó algunas ciudades de Estados Unidos. Los resultados fueron, como en otros movimientos de su tipo, negativos y positivos. Lo primero porque muchos trabajadores resultaron muertos, heridos y encarcelados; lo segundo, porque ese hecho se tradujo en un detonante para la conquista de derechos y garantías que progresivamente han dignificado el trabajo, sobre todo el de los más desfavorecidos. Aunque no para todos, ni para siempre.

En sentido estricto trabajo es “ocupación retribuida”, “obra”, “cosa que es resultado de la actividad humana”, (RAE, 2016). De acuerdo con Naciones Unidas, “el trabajo es el medio por el que cualquier ser humano puede satisfacer sus necesidades básicas y afirmar su identidad; la forma en la que puede sustentar a su familia y vivir una existencia conforme a la dignidad humana”. Esta última definición hace necesario comprender lo que significan en sentido amplio “trabajo” y “trabajar”. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) define al trabajo como “el conjunto de actividades humanas, remuneradas o no, que producen bienes o servicios en una economía, o que satisfacen las necesidades de una comunidad o proveen los medios de sustento necesarios para los individuos”.

Pero la OIT va más allá. Lo hace con el propósito de precisar que no basta con que el trabajo sea eso, trabajo, sino que en su práctica debe garantizarse el cuidado adecuado de la dignidad de todas las personas, y por ello promueve un concepto históricamente reclamado pero que aún constituye un tema elemental pendiente en muchas sociedades, el “trabajo decente”: “un concepto que busca expresar lo que debería ser, en el mundo globalizado, un buen trabajo o un empleo digno”.

Para lograr su cometido, la OIT profundiza en la explicación al respecto: “el trabajo que dignifica y permite el desarrollo de las propias capacidades no es cualquier trabajo; no es decente el trabajo que se realiza sin respeto a los principios y derechos laborales fundamentales, ni el que no permite un ingreso justo y proporcional al esfuerzo realizado, sin discriminación de género o de cualquier otro tipo, ni el que se lleva a cabo sin protección social…”.

El objeto del trabajo es la persona en cuanto a su dignidad, sus manifestaciones y las condiciones necesarias para que se realice. Como ya se ha señalado en este espacio, la dignidad nunca se da “químicamente pura”; es necesario descubrir cómo se manifiesta y qué impacta en ella. La forma en que se practican los oficios en una comunidad es sustancial y trasciende enormemente a la dignidad de sus miembros. Los trabajos y oficios aportan datos para la protección de los valores que se consagran en la forma de principios y derechos, en función de la normalidad que manifiestan.

No basta con que en los trabajos se garanticen cuestiones primarias como la duración máxima de la jornada, la edad mínima y ciertas condiciones de seguridad e higiene. No. Para que un trabajo sea decente y acorde con la dignidad, deben satisfacerse aspectos específicos como la certeza en las funciones que se desempeñan y la posición que se tiene dentro de la organización; el trato siempre respetuoso y considerado de los superiores y compañeros; el salario igual para todas las personas que realizan las mismas actividades; la garantía de no discriminación y respeto a la diversidad en todos los sentidos; la posibilidad real de ascender en el estructura interna de la organización de acuerdo con méritos y parámetros objetivos y democráticos; la existencia de acciones afirmativas y ajustes razonables para quienes los requieran, entre otros.

Si bien es cierto, es posible acreditar que hoy los trabajadores cuentan con mejores condiciones que antes, también lo es que son insuficientes, que no se han dado en todos los casos y que persiste el riesgo latente de una involución si la conciencia nos falla.

En el año 2012, durante una conferencia que dictó en la Ciudad de México, Eduardo Galeano alertó a los asistentes acerca de una realidad innegable: “la libertad del dinero exige trabajadores presos, presos de la cárcel del miedo, que es la más cárcel de todas las cárceles. El Dios del mercado amenaza y castiga, y bien lo sabe cualquier trabajador en cualquier lugar. El miedo al desempleo que sirve a los empleadores para reducir sus costos de mano de obra y multiplicar la productividad, eso hoy por hoy es la fuente de angustia más universal de todas las angustias” (El País, abril 2015).
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