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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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15 Julio 2018 04:00:00
El incendio es de todos
“Ética de urgencia” del español Fernando Savater, lectura obligada para entender cómo reacciona un niño ante diversos estímulos del exterior. Como educador, el filósofo se orienta hacia los niños y su aprendizaje. Las reflexiones de su obra me presentan dos escenarios de actualidad: Los niños de la Tolerancia Cero en Norteamérica, y los recién rescatados en Tailandia. Los primeros alejados de sus padres por razones políticas, los segundos por un imponderable de la naturaleza.

En lo personal la imagen del árbol y el bosque es muy útil para visualizar ciertas cosas. Esto es, a lo largo de nuestra vida, nuestro entorno inmediato está representado por un árbol en medio de un bosque. Este último simboliza la sociedad en la que vivimos. A lo largo de nuestra existencia actuamos enfocados en nuestro propio árbol --es natural--, pero estamos obligados a no desatender las condiciones en las que se halla el bosque en su conjunto. No poner atención a ello, traerá consecuencias para nuestro propio árbol. En caso de un incendio de poco servirá que yo haga hasta lo indecible por salvarlo, cuando en derredor el incendio del bosque terminará finalmente por arrasar todo.

Con relación a los niños separados de sus padres en la frontera sur de Estados Unidos, algunas noticias de esta semana son desalentadoras. Todavía existe medio centenar de pequeños que no han podido ser ubicados para regresarlos con sus padres. Además hay niños muy pequeños que dejaron de ver a su familia por un lapso aproximado de dos meses, y que ahora que se reúnen con ellos, no los reconocen y lloran cuando los cargan. Con toda seguridad será cuestión de tiempo y mucho amor de los padres, para que los chiquitos se reintegren satisfactoriamente. Lo que no podríamos medir en este momento es el impacto emocional que tendrá este episodio de profunda ruptura en la vida de los pequeños. Como ha sucedido con internos de guarderías y orfanatos en tiempos de guerra, los efectos podrán medirse en retrospectiva, a través de protocolos de estudio con rigor científico.

Para los niños tailandeses, haber vivido ese par de semanas atrapados en una cueva, habrá resultado un período de profunda tensión emocional. No eran tan chicos como para no entender las enormes dificultades técnicas que existían para su rescate, además estaban conscientes del riesgo de que el nivel del agua aumentara y pudieran morir ahogados. Con toda seguridad la actitud del entrenador que estuvo con ellos desde el principio, fue pieza clave para mantenerlos serenos y cooperadores. Además, claro, de los esfuerzos que se conjuntaban desde el exterior para lograr un rescate exitoso. Es muy probable que haya algunos de los pequeños con estrés postraumático, situación que finalmente se superará.

Alrededor de esa cueva de la esperanza se tejieron historias extraordinarias, como la de Richard Harris, un anestesiólogo y espeleólogo australiano que vacacionaba en aquel país. Al enterarse de lo ocurrido, cambió la diversión por labores de rescate, se considera que su actuación fue de gran valor. Está la historia de Saman Kunan, buzo voluntario que perdió la vida después de haber llevado oxígeno a los niños atrapados. O la de Pogba, el jugador del equipo francés que dedicó su triunfo en la cancha a los pequeños futbolistas, quienes no pudieron estar en el Mundial como tenían planeado.

Retomo el modelo del árbol y el bosque para volver al caso norteamericano: Los adultos que salen huyendo de su país de origen a causa de la inseguridad o la falta de empleo, lo hacen con un solo pensamiento: salvarse de morir. El incendio de su árbol los amenaza. Cada padre o madre está actuando a partir de una angustia vital; no alcanza a dilucidar el mensaje que el gobierno norteamericano intenta enviarles. Aplicar sobre ellos una forma de violencia –separándolos de sus hijos— con la expectativa de que razonen y dejen de intentar entrar a aquel país, no funciona.

Cuando está de por medio la sobrevivencia, los seres humanos actuamos de modos primitivos, sin dar mucha oportunidad al pensamiento racional. Bien dice el refrán popular que nadie aprende a navegar en medio de la tormenta; es de esta manera como una política que contempla la separación entre padres e hijos para desalentar la inmigración, no prosperará, como el gobierno norteamericano supone. Tendrán que diseñarse estrategias internacionales para analizar esos problemas migratorios y buscarles solución. El primer paso para hacerlo es sentarse a negociar. En estos momentos el incendio es de todos, en este tenor habremos de trabajar todos para sofocarlo.

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