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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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09 Enero 2018 04:00:00
El lamentable nivel medio superior en México
Se terminaron las vacaciones de invierno y entre esta semana y la siguiente volverán a las escuelas coahuilenses alrededor de 900 mil estudiantes, de los cuales cerca de 115 mil son del nivel medio superior, en sus variantes de bachillerato general, tecnológico y profesional técnico, a escuelas públicas y privadas.

Lo preocupante es que este nivel del sistema educativo mexicano es el que peor se comporta de todos: mientras la educación primaria tiene un índice de abandono escolar de 0.1%, la secundaria de 3.8% y la superior de 9.3%, la media superior presenta un alarmante 16 por
ciento.

No es casual que, de acuerdo con los resultados del Panorama de la Educación 2017, generado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el nivel presenta un cuello de botella que impide al país avanzar en la educación superior, de forma tal que sólo dos de cada 10 adultos mayores de 25 años, sólo el 22% de la población ha estudiado la universidad, lo que coloca a México en el último lugar de los países que integran la OCDE.

En contraste, Corea ocupa el primer lugar con 70% de personas con estudios universitarios; Canadá es el segundo, con 61%; le sigue Japón, con 60%; Reino Unido, con 52%, y Luxemburgo, con 51 por ciento. Claro que esto tiene sus consecuencias: el reporte de la OCDE encontró que México se mantiene en los primeros lugares de los países miembros en los que los jóvenes no estudian ni trabajan, generando los denominados “ninis”.

En este rubro, México ocupa el lugar número ocho con casi un cuarto de la población de entre 18 y 24 años que no cursan estudios superiores ni se desempeñan en alguna actividad laboral, cuya tasa actual es de 23.2 por ciento. En dos años tendremos en Coahuila poco más de 30 mil jóvenes desocupados, además de los que ya existen.

Es evidente que algo se está haciendo mal en ese nivel. Por supuesto que la respuesta no puede ser simple y tiene un gran número de variables, pero una de ellas, en la que no se ha puesto la debida atención hasta ahora, es la característica disruptiva de los adolescentes, en donde la búsqueda de sí mismos y de su identidad ocupan más su atención que los conocimientos por adquirir (excepción hecha de los que tengan sentido sexual), de las habilidades (salvo la de los deportes y juegos), las actitudes (salvo las destrezas necesarias para la pertenencia a grupos y la conquista de la pareja) y los valores (en donde el monetario toma una inusitada importancia).

La adolescencia genera identidades transitorias, ocasionales y circunstanciales que lo vuelven extremadamente voluble y, por tanto, difícil de educar. Y por si todo esto no fuera poco, nuevas investigaciones demuestran que ni siquiera el horario escolar les favorece.

La costumbre de ponerles el horario de las primeras clases a las 7 u 8 de la mañana les rompe el ciclo circadiano del sueño, que en la adolescencia es de tres horas más tarde de las horas óptimas de trabajo y concentración en los adultos, en su jornada típica. Esto es el resultado de recientes investigaciones realizadas en la Universidad de Oxford, en el Reino Unido, en la Harvard Medical School y la Universidad de Nevada, en Estados Unidos, en donde se ha encontrado que las horas de comienzo de la escuela y la universidad actuales están dañando el aprendizaje y la salud de los estudiantes del nivel medio superior.

Como los ritmos circadianos de los adolescentes se retrasan tres horas sobre los del resto de personas, este desfase justifica que se retrase también el horario de entrada a la escuela. En caso de hacerse, causaría un mejor aprendizaje, personas más saludables y se elevaría el rendimiento del nivel.

Contra ello se puede argumentar casi cualquier cosa: que no se le deben conceder caprichos, que sería alentar su flojera, que la obligación del nivel es hacerlos productivos como todos los demás y mil argumentos administrativos, pero países como Estados Unidos, que tomaron en serio estas investigaciones, ya están pensando en cambiar las horas de inicio de la escuela entre los 11 y los 18 años… si no es que se oponga el genio del señor Trump.
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