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Carlos Gutiérrez Montenegro
Carlos Gutiérrez Montenegro
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Psicólogo, Maestro en Enseñanza Superior por la Universidad Autónoma de Nuevo León, actualmente desarrolla su campo en la Universidad Pedagógica Nacional, Unidad Saltillo, como coordinador de investigación; en el Centro de Asesorías, A.C. como psicoterapeuta psicoanalítico; Asesor técnico del Centro de Investigaciones Psicopedagógicas, de la Dirección de Educación Especial de la Secretaría de Educación y Cultura del Gobierno de Coahuila; Productor de contenido del programa “De Frente” y editorialista del canal 7 RCG de televisión, además de articulista del periódico “Zócalo” de Saltillo. Algunos de sus escritos e investigaciones son: "PSICOANALISIS Y SOCIEDAD", publicado por la Universidad Veracruzana en 1982, el 'ESQUEMA DE LA PUBLICIDAD', también publicada por la Universidad Veracruzana en 1984, la 'ESCUELA PARA PADRES", publicada por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila y el Instituto de Servicios Educativos del Estado de Coahuila, en 1993 (primera edición) y en 1994 (segunda edición). Además, la investigación llamada ‘ESTUDIO EXPLORATORIO Y PROSPECTIVA DEL PROGRAMA MECED EN EL ESTADO DE COAHUILA’, realizada en una colaboración conjunta de la UPN con el DIF Estatal y la Secretaría de Educación Publica de Coahuila y la investigación “ESTUDIO DE LAS CONDICIONES DETERMINANTES DE LA REPROBACIÓN EN LA UNIVERSIDAD TECNOLÓGICA DE COAHUILA”, de reciente publicación.

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14 Agosto 2017 04:00:00
El maestro fue asesinado por el ‘efecto Lucifer’
No crea que me refiero al enemigo malo, Satanás o Lucifer. No fue él quien asesinó a Rafael Pérez Hernández, profesor de música interino en la escuela Anexa a la Normal, hijo de uno de los creadores del grupo Takinkai, Rafael Pérez Martínez, virtuoso de la música latinoamericana. No fue Satanás, sino la Policía Municipal sufriendo las consecuencias del “efecto Lucifer”.

El joven maestro estaba en los campos deportivos de la Sección 38 sufriendo una conducta atípica, según los testigos del momento: corría, se desnudó, se tiraba al pasto, tal vez hablaba solo.

Algunas personas se acercaron a él y lo tranquilizaron, pero otras lo reportaron al 911 y llegaron algunas patrullas, entre ellas la de los presuntos asesinos, quienes se le acercaron y el maestro (también al decir de testigos), solamente manoteaba para evitar que se le acercaran, lo que ellos interpretaron como conducta agresiva y desde ese momento empezaron a golpearlo, hasta que, ya arriba de la batea de la patrulla y fuera de la vista de testigos, decidieron quizá tranquilizarlo haciendo que se desmayara por falta de oxígeno. Y lo estrangularon. Así nada más.

Ello, se demostrará en el juicio que les corresponda, serán los culpables evidentes, pero habrá otros culpables: los aparentes, como el jefe de la policía, Roberto Castro, al cual se le debería enjuiciar además por encubrimiento, pues en sus primeras declaraciones falseó los hechos.

La nota periodística lo dice: “El director comentó que los oficiales declararon ante la autoridad competente que derivado de la agresividad que presentaba el sujeto, este comenzó a causarse diversas lesiones una vez abordando la unidad”, para lo cual no contaba con información fehaciente, siendo obvio el encubrimiento.

Otros culpables, visibles pero intocables, serán el Presidente Municipal, Isidro López, por su indolencia, su negativa a negociar el Mando Único y su rechazo a involucrarse acerca en el tema seguridad; en el extremo opuesto el Gobernador con su consigna “De la seguridad me encargo yo”, lo que a la vez lo hace corresponsable del actual estado de inseguridad.

Y los responsables invisibles, como los que debieron arrojar resultados objetivos en las evaluaciones de control de confianza, que o no hicieron bien su trabajo o no cuentan con instrumentos que verdaderamente arrojen resultados reales, asumiéndose una farsa de justificación política, a la larga inservible y peligrosa.

Dentro de estos corresponsables invisibles están los instructores que ofrecen el entrenamiento, la capacitación y la acreditación en la Academia de Policía municipal, la cadena de mando que debe estar siempre en supervisión de acciones, los encargados de construir los Protocolos de Actuación de la fuerza pública y la necesidad de que los elementos de todas las fuerzas de seguridad comprendan los distintos comportamientos atípicos, como en la drogadicción y los trastornos mentales, porque es muy probable que el maestro haya estado sufriendo una crisis del espectro de la esquizofrenia, inducida o no por alguna substancia.

Pero no es en la víctima donde debemos localizar la culpa, porque él no había agredido a ninguna persona hasta que llegaron los policías, quienes evidentemente usaron de fuerza excesiva, pues son la autoridad, en la manifestación más clara del “Efecto Lucifer”.

Y en eso radica ahora uno de los principales problemas de las fuerzas policiacas, ya que no se les está educando en el uso racional del poder y lo que pasa en la persona cuando tienen poder es que la realidad se transforma para ellas, experimentan cambios profundos en su personalidad y en el trato con los demás.

Dependiendo de la cantidad de poder que se ejerza, se experimentan sensaciones de superioridad que pueden rayar en la megalomanía, o excitaciones perversas como la idea de posesión de los individuos que permitirá usarlos como simples objetos para la satisfacción personal, o bien ideas de omnipotencia que pueden hacer que se pierda la conciencia de la realidad, como les pasó a estos policías.

La sensación de poder absoluto que se ejerce dentro de una corporación que permite su uso violento e irrestricto es el placer en su más pura expresión. Y el experimento del psicólogo Philip Zimbardo, que hizo en 1973 en la universidad de Stanford, sobre los efectos de la prisión en la conducta de presos y guardianes, llamado por sus consecuencias desastrosas “El Efecto Lucifer” por su efecto tóxico, nos advierte que si se nos va de las manos la fuerza que nos debe proteger va a pasarnos, a todos, una enorme factura de violencia y de dolor. Y nos vamos a arrepentir de no ponerles un alto a tiempo.
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