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25 Septiembre 2018 04:00:00
¿El mapa es mejor que el territorio?
Por: Penelope Montes

Un otoño le pedí a mi padre como regalo de cumpleaños la novela El Mapa y el Territorio de Michel Houellebecq. Quería fomentar una adicción reciente: la sensación que desentrañé al leer Sobrevivir, un texto breve que escribió el autor francés unos 20 años atrás con un método para lograr una trayectoria como poeta. Recuerdo y evoco con muchísima precisión palabras y frases, “sobrevivir es difícil”, “la felicidad no existe”, frases que regresan una y otra vez, “sobrevivir es difícil”, “la felicidad no existe”. Me sumergí en la novela por primera vez en 2012 aunque la última relectura fue hace unas semanas.

La ciudad de París y su arquitectura brindan una estructura base a la historia de Jed Martin, el personaje principal de la novela, un artista a la deriva que crea a partir de lo que el narrador llama grandes revelaciones estéticas que lo mueven entre disciplinas, técnicas, herramientas y soportes.

Observamos a Jed, clasificado por ArtPrice en el puesto 583, trabajar en representaciones del mundo, retratos de Jeff Koons, Damien Hirst, incluso de su padre viudo el arquitecto Jean-Pierre Martin abandonando la dirección de su empresa; hacer fotografías de objetos fabricados por el hombre en la era industrial sobre fondo gris neutro, o retocar la fotografía digital de un mapa de carreteras Michelin donde figura el pueblo de su abuela. Los historiadores de arte señalarán su proyecto artístico como un homenaje al trabajo humano.

La novela se presenta en tres partes, inicia con una obertura que plantea la desolación que existe en la sociedad actual y su manifestación en Jed quien, embargado de insatisfacción y oscura decepción, se resiste a la idea de que el hombre abandone la nobleza del trabajo artesanal por el intercambio mercantilizado. Paradójicamente se recrimina no haber sido agente inmobiliario o ginecólogo, se distrae con programas basura de televisión, afronta asuntos domésticos como la reparación de la caldera de su apartamento y se esfuerza por pasar las cenas navideñas con su padre.

En la primera parte de la novela se delinea el pasado del personaje, la ausencia de la madre y su internamiento en un colegio privado jesuita donde Jed pasa años de su adolescencia leyendo en la biblioteca desde Platón, Hugo, Balzac y Flaubert hasta los novelistas rusos; su interés por el dibujo, el ingreso a Bellas Artes de París, hasta su instalación en un apartamento en el bulevar de L’Hospital, regalo del exitoso arquitecto Jean-Pierre a su hijo.

Se narra además la vocación de artista y su carácter serio, reservado, algo inconsciente, de reflexiones frías, nervioso, indeciso, depresivo. Se muestra incluso el pánico del deseo hacía Olga Sheremoyova, una rusa del departamento de comunicación de Michelin Francia con quien Jed se halló inesperadamente en una situación parecida a las que había leído en las novelas realistas del siglo 19, donde las mujeres hacen triunfar a los jóvenes ambiciosos.

El galerista Franz Teller y artistas mediáticos como Frédéric Beigbeder son personajes secundarios que giran alrededor de la incipiente carrera de Jed.

La segunda parte gira hacia las figuras del mentor y de su padre. Jed hace un retrato de un artista, sobre un lienzo tensado en un bastidor de 116 por 89 centímetros: su mentor en medio de hojas de papel poseído por la furia. Su padre enfrenta la decadencia del cuerpo por la enfermedad y reflexiona sobre su vida y profesión.

La tercera parte y el final de la novela son deslumbrantes e imposibles de reseñar sin revelar su contenido. Desde que los leí regreso a esa sensación, ahora muy conocida y recurrente: no exagero si culpo a Jed Martin de arrojarme al descubrimiento íntimo de la crudeza y la escritura.
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