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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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14 Abril 2019 03:52:00
El mareante futuro
Para alguien que cuando niño se emocionaba con la película La Invasión de Mongo y las aventuras espaciales de Flash Gordon (Cine Palacio, función de matiné; $1.25, luneta), no le es nada fácil adaptarse a un mundo cambiante controlado –¿dominado?– por robots y una ubicua e incomprensible inteligencia artificial.

Pero no es necesario trasladarse tan lejos como la niñez para documentar el constante asombro. Si hace 20 años me hubieran dicho que The New York Times enfrentaba problemas económicos y se ve en la necesidad de recortar personal, mi carcajada se hubiera escuchado por lo menos hasta Arteaga. En aquellos años, el periódico neoyorquino era un gigante cuya edición dominical en diciembre llegaba a pesar cuatro o cinco kilos, debido a la abundante publicidad y suplementos.

Quizá no me hubiera reído, pero sí hubiera puesto cara de extrañeza si me informaban que las acciones de Televisa iban en picada, o que algún día podría sostener una conversación con mi teléfono inteligente. Tampoco creería en la posibilidad de realizar retiros, depósitos y otras transacciones bancarias sin tener a una cajera enfrente.

Mucho menos se me ocurriría pensar en que algún día podría enviar artículos al periódico sin levantarme del sillón de mi mesa de trabajo. Y eso es apenas lo básico de esta nueva realidad. No hablamos de ciencia ficción, se trata de hechos cotidianos a los que por gusto o por la fuerza nos hemos ido acostumbrando.

En el más reciente número de la revista Letras Libres (abril de 2019), John Kane nos enfrenta a estos fenómenos sin precedentes que, dice: “Los sistemas de máquinas inteligentes son un nuevo medio de comunicación que modela y retuerce cómo los humanos perciben, se mueven en el mundo que los rodea”. En otras palabras, la técnica, al cambiar al mundo, ¡nos está cambiando a nosotros en cuanto a seres humanos!

¿Una exageración? de ninguna manera. Para demostrarlo, Kane desgrana unos cuantos datos: Pepper, robot creado ya hace algunos años, es un artilugio de poco más de un metro que puede expresar “alegría, sorpresa, enfado, dudas y tristeza”. Y qué me dicen de unos robots agricultores capaces de fertilizar, sembrar, regar, desyerbar y cosechar sin la presencia de un ser humano. O del ahora muy popular Robot Restaurant en la zona roja de Tokio, donde, asegura Kane, “pueden curarlos de sus ilusiones homínidas”. Mientras, en Lima, Perú, “una bandada de robots decide limpiar la antigua y magnífica biblioteca del convento de San Francisco… con gran iniciativa comienzan quitando las pinturas y los candelabros de los muros, luego sacan de las estanterías los preciados libros encuadernados en cuero y desmontan las vitrinas, y entonces acomodan todos los objetos y piezas cuidadosamente en pilas enormes en el ornamentado suelo azul crema”.

¿Una novela de Isaac Asimov? Nada de eso. Aquí y ahora usted puede adquirir en una tienda de Saltillo un robot-aspiradora para limpiar su casa, y pronto, como en China, habrá cámaras de reconocimiento facial en las calles de las ciudades coahuilenses.

MÍNIMA

Afortunadamente, el Departamento de Tránsito de Saltillo, o como se llame, es un ente nostálgico anclado en el siglo pasado. Por eso no sincroniza los semáforos, verdaderas joyas vintage, preciada herencia de nuestros abuelos.
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