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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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10 Septiembre 2016 04:00:37
El Méjico que exalta el poeta
Y el México que Peña logró sobajar. ¿Nosotros, en tanto? Y algunos de nuestros soldados decían que aquello que veían era entre sueños.

Tal cuenta Bernal Díaz, sus pupilas encandiladas a la vista de una ciudad cuyas torres, cúes y pirámides se erguían sobre espejo de la laguna. Siglos más tarde nos visitó Rafael Alberti, poeta español –a quien la bota de Franco aventó al exilio– que reseñó su encuentro –su encontronazo– con este México que él miró con jota, y cuyos conceptos, a mi ver, adquieren renovada actualidad hoy día, cuando Peña y Trump.

Méjico, ninguno duerma; trabaje, llore y se despierte –al saber que una mano lo estrangula.

Y qué intensas y viscerales las impresiones que le produjo el choque con la tierra que conquistó la tizona de un cascorvo al que auxiliaron el Tonatiuh de la barba bermeja  y arroyos tlaxcaltecas salidos de madre. Anáhuac. No eres sólo el tema de una estrofa –ni el color del paisaje– ni ese perro furioso que se tumba –dócil, después de herir, al pie del amo. “El Méjico de Bernal está vivo dentro del Méjico actual. Mi encuentro con Bernal no es el tropiezo con un muerto, ni siquiera con un resucitado. Es el encuentro con la realidad viva, palpitante, en movimiento”.

Así, del asombro al deslumbramiento, el poeta recorre Tenochtitlan, la vieja Nueva España y una ciudad todavía a la medida de sus habitantes, y reconoce que no puede asimilar, de un solo golpe, el choque con esa realidad mexicana que se ha topado tan de repente: Triste historia es mi aventura, comparada con la de Bernal. Yo no libré batallas con los mejicanos conquistadores porque me rendí al primer día. Pero me incorporé enseguida con todo mi entusiasmo a la ebullición de su sangre, y mi aventura mejicana, como sucede en las más fabulosas y secretas, no la puedo contar todavía. Pero la cuenta; y se pone a discurrir, a lo apasionado, en derredor de nuestro mestizaje y aun se permite especular con lo que más tarde ha venido a tomarse lugar común: que por conjurar su terror a la muerte la hacemos calavera de azúcar y la engullimos entre carcajadas.

Eres México antiguo, horror de cumbres / que se asombran batidas por pirámides / trueno oscuro de selvas observadas / por cien mil ojos lentos de serpientes.

Y aquí lo medular, esa imperiosa advertencia en torno a nuestra vecindad con el gringo distante: “Los problemas actuales de Méjico no se presentan ya a punta de lanza. Son los problemas internos de soberanía e independencia económica. Su nacionalismo revolucionario no son palabras sin sentido, si los hechos las van cumpliendo como se espera”.

Con ese gringo depredador: ¡cuidado!

“En el exterior, Méjico es el único país americano capaz de oponerse a la gente del norte y reconquistarse en definitiva. Méjico, temible, hermético, violento, rencoroso, no ha perdonado a los conquistadores. Y este sentimiento lo padece el criollo, descendiente directo del encomendero; lo padecen visitantes como Valle–lnclán, quien seguramente se hubiera batido contra Hernán Cortés hasta perder el otro brazo, y lo padecí yo, y hoy lo padecería el mismo Bernal Díaz si advirtiera la invisible presencia de ese pabellón yanqui de los 48 estrellas y las 14 bandas. ¡Cuidado!”.

¡Contra el gringo que compra en tu retrato / tu parda belleza ya en escombros / prepara tu fusil. No te resignes!

Imágenes contundentes. Geografía, un personaje. Clima. Atmósfera. Técnica cinematográfica. Bosh coloca la cámara al principio de la carretera. Paulatinamente se acerca la mujer.

Pero como centella nos cayó Peña y se jaló a Trump.

(Abominable).
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