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Ricardo Alemán
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26 Enero 2017 04:00:00
El muro; maniqueísmo y esquizofrenia
No deja de despedir un feo tufo de maniqueísmo y esquizofrenia –propios de los que gustan de tirarse al vacío envueltos en el lábaro patrio–, la postura de políticos, opinantes e intelectuales mexicanos, sobre la decisión del sátrapa Trump, de iniciar la construcción del “muro de la ignominia”.

Sin duda se trata de un acto ofensivo, nada amistoso, harto belicoso, que al mismo tiempo lastima la amistad y lesiona la dignidad del vecino mexicano y que… en pocas palabras, hasta se puede considerar “una chingadera” de Trump.

En suma, se trata de una de las más graves agresiones a México y a los mexicanos; agravio que enoja y desata emociones, odios y sentimientos encontrados entre opinantes, políticos e intelectuales que apuran al Gobierno de Peña Nieto a envolverse en el emblema patrio y mirar al vacío.

¡Que Peña cancele el encuentro con Trump y hasta rompa relaciones con Estados Unidos…!, arengaban algunos.

Sin embargo, los enojados, emocionados y alterados olvidan –atrapados en el feo maniqueísmo y la esquizofrenia de párvulos–, que todo gobierno que se respete debe actuar al margen de sentimentalismos, pasiones y emociones patrioteras, y debe reaccionar a partir del pragmatismo propio del estadista; el gobernante que entiende su responsabilidad frente a todo el Estado.

Sobre todo, la responsabilidad del jefe de las instituciones es mayor cuando Trump alienta odio a lo mexicano y los mexicanos, cuando apela a las emociones, sensaciones y al patrioterismo norteamericanos para impulsar sus locuaces propuestas.

Y es que más allá de la ofensa y el enojo entre mexicanos por el muro de Trump, tampoco es la primera ocasión que Estados Unidos lleva a cabo la construcción de un muro en la frontera con México.

¿Dónde estaban todos los que hoy se rasgan las vestiduras por el muro de Trump, cuando Bill Clinton (1993-2001) ordenó la construcción del primer muro fronterizo?

Si no lo recuerdan, el primer tramo de ese muro se construyó a lo largo de Columbus, Nuevo México, hasta El Paso, Texas, en la frontera mexicana de Chihuahua. En 1993 el muro tenía una extensión de 16.09 kilómetros.

La segunda parte del muro se levantó en 1994 con la llamada Operación Guardián entre California y Baja California, con una extensión de 32 kilómetros. En 1995, entre Arizona y Sonora, el muro ha tenido distintas etapas. La primera se llamó salvaguarda. Hoy el muro tiene más de mil 132 kilómetros construidos.

Por eso insisitimos, ¿dónde estaban y qué dijeron entonces, todos los que hoy dicen que el muro de Trump es la peor amenaza, la peor agresión, la más fe de las formas diplomáticas del nuevo Gobierno del vecino del norte? ¿Por qué el enojo, la tensión, los gritos selectivos, entre un momento –el de Clinton–, y otro, el de Trump?

¿No es cierto que la reacción de hoy –frente al muro de Trump–, tiene una poderosa carga de maniqueísmo y esquizofrenia–, frente a la reacción inexistente en los tiempos del muro Clinton?

Pero hay más. ¿Lastimó el muro Clinton la dignidad de los mexicanos? ¿De qué tamaño fue ese daño? ¿Ya no cruzan armas, drogas, indocumentados en la frontera donde se construyó el muro de Clinton?

Pero existe una contradicción. Muchos mexicanos escandalizados porque Trump hace todo por ser un mal vecino, un déspota, sátrapa, racista, misógino y patán, también apelan a la soberanía de lo mexicano y los mexicanos.

Son convencidos soberanistas, pero parece que no respetan la decisión soberana de Trump de construir un muro en el territorio de Estados Unidos, por locuaz, agresiva y despreciable que resulte.

Y es que, nos guste o no, el Gobierno norteamericano tiene el derecho soberano de amurallar su territorio, impedir el ingreso de todos los extranjeros que considere indeseables y de aplicar las reglas migratorias que le plazcan. Actualmente operan cerca de 25 mil agentes de patrulla fronteriza y existen 5 mil 300 cámaras de seguridad y vigilancia aérea no tripulada constante. ¿Y quien había dicho algo antes?

Más aún, en los ocho años del Gobierno de Obama, Estados Unidos deportó a 3 millones de migrantes; de ese gran total, 2 millones 833 mil 849 eran indocumentados mexicanos. ¿Por qué entonces nadie dijo nada? ¿Doble moral, enojo selectivo, maniqueísmo y esquizofenia?

En rigor, Obama es el presidente norteamericano que más mexicanos ha deportado. ¿Quién se escandalizó?

Sin duda Trump es un peligro para México y para el mundo, pero la sociedad mexicana tampoco puede caer en el maniqueísmo y la esquizofrenia de un país bananero.

Hace bien el Gobierno de Peña Nieto de medir su respuesta, tomar en cuenta a todas las instituciones del Estado y no responder con el mismo maniqueísmo y la esquizofrenia de Trump.

Al tiempo.
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