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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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14 Junio 2015 03:10:03
El niño que orinaba bien lejos
De esas largas… laaaaargas noches de fogata y huevos fritos, al fondo del patio de doña Vianey, venían las historias, los cuentos… los chismes. Sábado por la noche, permiso de meterse hasta la medianoche.

Los descamisados ante la lumbre, y Víctor El Ganso traía una novedad…

“Vi a una señora que tiene el pelo más largo que nada… me cai… le arrastraba… le arrastraba” “Sería alguna enana”, replicaba Armando La Rata…

Y tras dos o tres comentarios, comenzaban a aparecer las rarezas… y la ronda se dejaba venir con la obligación de mencionar las cosas más raras que nos hubiese tocado ver, como una competencia.

Ante las llamas, los negros rostros refulgían… de repente se veían medio naranjas… medio ocres… con los ojos pelones…

“Yo vi una vieja con unas chichotas que le llegaban al ombligo”…

“Yo vi un maistro que tenía el bigote bien raro, que como manubrio de bicicleta le daba hasta la nuca”.

Inventábamos y creíamos los inventos…

Pero cuando le llegó el turno a Chibirico, estaba hurgando con una ramita el suelo, las cenizas de la fogata…

“No… yo nomás vi al niño que orina más lejos del mundo”.

¿Un chamaco mión?… ¿es todo lo que has visto?… ¿Le andabas viendo la pirinola mientras meaba?

Chibirico se encogió de hombros, acababa de echar a perder la ronda… ¡Un mugre chamaco mión!

“En serio Pichojitos… si lo paramos en el limonero, nos apaga la fogata de un chisguete”.

Nos miramos…

Mi amigo Chibirico tenía muchos defectos, pero era de los que menos inventaba… “¿Te cai, Chibirico?”… “¡Me cai!”

Se trataba del hijo de Elodia, la planchadora de ropa… la que iba a la casa de los señores y señoras de Las Palmas a dejar la ropa lisita… la que andaba arrastrando todo el día a ese chamaco que se le pescaba del vestido y corría con pasitos cortos y rápidos para no quedarse atrás.

¿Y cómo fue el descubrimiento?…

“Mira… lo llevaba doña Elodia arrastrando y el chamaco le dijo que quería miar y que quería miar…

ella no se quiso parar, pero luego el chamaco jijueputa se bajó el cierre y se sacó la pirinola caminando… yo estaba del otro lado de la banqueta, y si no brinco, me mea las patas”.

De todos los inventos mencionados allí, ese era el único que realmente podríamos ver con nuestros propios ojos… así que aguardamos el momento.

El día que doña Elodia pasó arrastrándolo, El Chino Edi se le acercó con una sonrisa desdentada, por causas de estar mudando…

“Doñita… ¿no deja al niño jugar con nosotros?”

Ella lo miró, como analizándolo… entrecerró un ojo…

“¿Y de cuándo acá se les ocurre?”

“P’os es que siempre lo lleva arrastrando, pobrecito”.

Le preguntó si quería… el chamaco dijo que sí, curiosamente, no era feliz siendo arrastrado, y la buena mujer que no deseaba que el chaval se juntara con esa negriza, ya estaba cansada del arrastre…

“Bueno, pero me lo cuidan”.

“Claro, doñita”.

Ya estaba con nosotros… Gelo sacó cuatro canicas y se las dio… “Vamos a las cuirias”… y jugamos canicas un rato… le enseñamos al chaval, que se llamaba Marcelito… ¡Malo pa’ las canicas!…

¡Malo pa’l trompo!

Entonces a Chibirico se le ocurrió… “Vamos a jugar al chisguete”… Lo inventó…

Era poner vasos de plástico recolectados de los patios de la cantina y del congalito de doña Chucha para llenarlos desde un metro y medio de distancia.

Era de amigos… Chibirico conmigo… El Ganso y la Rata…

Gelo con Gualenche… Marcelito con Edi…

Al fondo del patio, sacamos nuestras armas… y cuando Marcelito desenfundó, Edi comenzó a gritar…

“¡No… no!… no mamen… no mamen… ¿con esa mierdita vas a miar, niño?”

Vaya que era pequeña, como un cacahuatito…

Pero apuntó hacia el vaso desde donde estaba… diría yo que dos metros, y tras afinar la puntería le aventó el chorro que tenía… como tres dedos de líquido en unos segundos.

Nosotros no le llegamos… bueno, sí le medio llegamos, pero sin puntería… el chamaco tenía esa sonrisa socarrona de superioridad en el rostro.

“¿Qué les dije… qué les dije?”, Chibirico se acercó al chaval…

“Juta güira… juta güira… este chamaco tiene un cañón en el pito”. Le trajimos un vasote de agua de coco… écheselo niño… y se lo tomó…

Corrimos… brincamos 10 minutos, le echamos agua en el espinazo y volvió a desenfundar… Chibirico le puso el vaso a tres metros…

¡Y le llegó!..

Si mis ojos no hubieran visto aquello, a estas alturas de la vida aún me daría risa que alguien dijera algo así…

Pero allí estaba… meando con una precisión de teodolito.

Y se me ocurrió, como suelen ocurrir esa clase de cosas…

¿Y pa’rriba, cuánto la llegas?

Marcelito, de pocas palabras, nomás se encogió de hombros y frunció los labios… no sabía.

Era cosa de acostarlo y de prepararlo para el chorro…

Ahora no pidió agua de coco, ahora pidió coca… una coca chica, de a 25 centavos.

¿Y de dónde?… Gualenche traía 10 centavos de su venta de pan… Gelo cinco centavos de unas canicas recién vendidas… y yo traía los 10 centavos que había ahorrado por no comprar el desayuno escolar el viernes.

Allá vamos por la coquita…

Se la tomó Marcelito, eructó dos veces… y luego brincoteó un ratito…

Agua en el espinazo ¡Y listo!

Se tendió en el piso… desenfundó y allí estaba, el chorro más potente que he visto elevarse hacia arriba… sobrepasó mi estatura…

la de Chibirico… la del Ganso que estaba garrochudo y alcanzó justamente la ropa tendida que nos servía de parapeto…

¡Maldita sea… la ropa!

Corrimos desesperados a escondernos, nadie nos vio.

Pero cuando la tía Godeleva fue a descolgar la ropa descubrió el aroma de orín…

Juntó a las madres y decidieron que no buscarían un culpable…

Esa noche, como brujas, estábamos lavando casi por la madrugada, toda la ropa de los tendederos porque a madres y padres no les interesó escuchar que solamente estaban perjudicadas un par de sábanas…

Pero hubo solidaridad…

Nadie me reclamó que fuese mía la idea de orinar pa’rriba. Desde entonces y durante un buen tiempo, nos dio por medir la distancia de nuestros orines…

A los 18 años, ya lejos de aquellos rumbos de sal y de arena, me mandó decir Chibirico que por fin, la había llegado a tres metros y cinco centímetros… ¡Había todo un récord!

Bueno, para algunos fue una fijación.

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