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Tomás Mojarro
Tomás Mojarro
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19 Noviembre 2016 04:00:00
El país de las cruces ardientes
Y vamos nosotros, la raza blanca, a expulsar judíos y gitanos, ilegales y refugiados, inmigrantes y musulmanes, negros y homosexuales, entre otros indeseables para nuestro país.

Ahí la doble moral de los primacistas de Trump: productores de una exuberante industria de pornografía y prostitución, hace tiempo se escandalizaron porque una cantante negra mostró ante el público, a lo inadvertido, un raigón de seno. Al propio tiempo esa comunidad que es flor y espejo de racismo y discriminación en agravio de negros y de extranjeros (de mexicanos, concretamente, “esos grasientos color de lodo, frijoleros del sur”) se crispó, indignada, ante el timbre postal que mostraba la figura de ese extraño espécimen color negro que entre nosotros caía en los terrenos del exotismo barato: Memín Pingüín, bienamado de los pobres de espíritu que consumían semejante escamocha. La estampilla fue retirada de circulación.

Qué país el del gringo, mis valedores, y el de nosotros, qué país.

Por evidenciar ese doble discurso de los vecinos me acerco a cierto estudio de Carlos Fontanellas sobre la dificultosa coexistencia del negro norteamericano con sus paisanos de piel blanca durante los tiempos de la Guerra Civil, y sí, aquí algunos apuntes:

En un principio fue la rivalidad entre los confederados esclavistas sureños y los estados del norte de Estados Unidos que los llevó a la Guerra de Secesión de 1861-65. Los esclavos negros intuyeron la gran oportunidad para luchar por la libertad y la igualdad, mientras en el norte los negros libres intentaron enlistarse con las fuerzas de la Unión. Su entrenamiento militar fue prohibido por la policía. El gobierno federal evitó el alistamiento de negros en el ejército. Lincoln los rechazó en 1861 y en los años siguientes. La presencia activa y la agitación de las masas negras preocuparon al gobierno, que creó un departamento de colonización, destinado a retornarlos a África o a alguna isla del Caribe. Tal política fracasó.

El negro, por fin, logró enlistarse en el ejército, pero fue objeto del encarnizamiento sureño, que se negó a tomarlos prisioneros; los heridos eran asesinados; el ejército los discriminaba; se les cerraba la posibilidad de ascenso a cualquier rango militar y se les pagaba la mitad del salario que al soldado blanco. Muchas compañías de combatientes negros, ante el problema de la paga, adoptaron la digna postura de no aceptarla.

Paulatinamente se gestarían nuevas formas de explotación de los campesinos negros, quienes fueron forzados a regresar a las plantaciones. Ante su resistencia se emplearon métodos represivos de enorme violencia.

El ejercicio del sufragio lo ejercieron los negros bajo el terrorismo racial de los oligarcas que, para mantenerlos alejados de las urnas, emplearon argumentos engañosos, propagaron atemorizantes amenazas, a lo subrepticio organizaron y armaron bandas y crearon sociedades secretas con objeto de imponerse y coaccionar, mediante la tortura, la violencia y el crimen, tanto a los negros como a los simpatizantes blancos.

De entre ellas hay que mencionar al Ku Klux Klan, integrado en 1865 en Pulaski, Tennessee, como un club de jóvenes pertenecientes a familias prominentes que rápidamente se extendió por los estados del sur hasta quedar formalmente organizado en 1868, para oponerse a “la influencia africana en el gobierno y la sociedad, prever la entremezcla de razas y defender la supremacía política y social de la raza blanca”.

Otra organización terrorista de los terratenientes se nombró Caballeros de la Blanca Camelia (Louisiana, 1867) que se extendió con rapidez. La cruz en llamas iluminó los linchamientos de negros, y de repente.

(¡Trump!)
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