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Gerardo Hernández
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23 Enero 2017 03:30:00
‘El pantano mexicano’
Cuando Carlos Salinas decidió que el candidato del PRI a la Presidencia fuera Luis Donaldo Colosio, Manuel Camacho renunció a la jefatura del DF. Había sido traicionado. Salinas lo nombró entonces canciller, pero sólo duró unos meses en el cargo. El alzamiento del EZLN, el 1 de enero de 1994, sacudió el tablero y el presidente recurrió a su antiguo operador para coordinar el Diálogo y la Paz en Chiapas. En ese papel, Camacho entró de nuevo a la carrera sucesoria. Ya no era miembro del Gabinete.

Cuando Salinas quiso recomponer el escenario, era tarde. Ni “el no se hagan bolas”, para confirmar a Colosio como su ungido, contuvo la degradación política. El candidato fue asesinado el 23 de marzo en Tijuana. Camacho rompió con el salinato y al año siguiente renunció al PRI. En 2000, el Partido de Centro Democrático lo postuló para la Presidencia. Salinas pagó su perversidad: su nombre es sinónimo de nepotismo, corrupción e impunidad; uno de sus hermanos (Raúl) fue encarcelado y otro (Enrique) apareció muerto en el maletero de un coche.

Camacho falleció el 5 de junio de 2015. Era senador del PRD. En el primer aniversario de su muerte, Enrique Krauze le dedicó la columna “Maquiavelo en el vapor”: “Al hablar con él sentí muchas veces que se contenía para no estallar, que absorbía los problemas estoicamente, sin quejarse, pero desde su fuero interno sufría por los golpes del azar, por las traiciones de que se sentía objeto, por las decisiones equivocadas, por los sueños malogrados”. (Reforma 17.7.16.)

Veintitrés años después de la sucesión del 94, Peña Nieto –una caricatura frente a Salinas, Camacho y otros políticos de esa generación– resucita a Luis Videgaray, despedido previamente de Hacienda –no por incapaz, sino por la invitación a Donald Trump–, lo reinserta en el gabinete como secretario de Relaciones Exteriores y lo encarta de nuevo en la baraja presidencial. Sin embargo, el PRI está condenado a perder las elecciones por la incompetencia de Peña y la corrupción rampante. El partido encargado a Enrique Ochoa no tiene con qué ni con quién ganar.

Con la reincorporación de Videgaray, la segunda figura política en activo más odiada del país, después de su jefe, Peña vuelve a darle la razón a The Economist: “el presidente no entiende que no entiende”. En su edición del 22 de enero de 2015, el semanario británico analizó la reacción del tándem frente a un conflicto de interés y corrupción (la compra de la Casa Blanca y la finca de Malinalco) en la columna “Bello”, titulada “El pantano mexicano”:

“Tanto el señor Peña como el señor Videgaray insisten en que no han hecho nada ilegal. No han entendido el punto. En las democracias modernas, a las que México aspira a incorporarse, la clase de arreglos de mutuo beneficio que parecen haber establecido con el Grupo Higa, son considerados un comportamiento inaceptable”.

Sobre otro tema espinoso, los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, The Economist observa: “La investigación del caso parece haberse estancado. La principal medida del señor Peña contra la masacre es una propuesta de enmienda constitucional para abolir las policías municipales. Pero el Congreso no la aprueba, entre otras cosas porque algunos (cuerpos policiacos en municipios) están menos podridas que las fuerzas federales que tomarían su lugar. (…) los críticos creen que Peña (está) evadiendo la tarea más importante: castigar a los corruptos líderes políticos que están coludidos con el crimen organizado. Y el Gobierno mismo está en el escándalo”.
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