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Rodolfo Naró
Rodolfo Naró
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Rodolfo Naró, nació en Tequila, Jalisco, el 22 de abril de 1967. Es autor de varios libros de poesía, casi todos reunidos en la antología Lo que dejó tu adiós (2016), así como de las novelas El orden infinito (2007), finalista del Premio Planeta Argentina 2006, Cállate niña (2011) y Un corazón para Eva (2017). Twitter: @RNaro

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08 Diciembre 2017 04:00:00
El perfil de Villa
“Ay de aquel que se atreva a quitarla, porque lo mato”, dijo el general Villa al bajar de la escaldera a la que había subido para clavar un trozo de madera con el nuevo nombre de la antigua calle Plateros. Era la mañana del 8 de diciembre de 1914, en la improvisada placa se leía: “Francisco I. Madero”. Luego vino el flash que tanto lo encandilaba pero que el general disfrutaba.

Enseguida Villa se echó un séntido discurso sobre el mártir de la revolución y lloró con cada palabra que exaltaba su vida y su obra. Para sus allegados, no era extraño ver llorar al Centauro del Norte. El perfil de Villa era de contrastes, así como era colérico en el momento menos oportuno, también era sensible y lloraba con frecuencia. También eran famosas sus sonoras carcajadas.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas en esos días. El general Villa detestaba a los capitalinos, los culpaba de no haber hecho nada por defender la vida del presidente Madero. Sus hombres hicieron cuanto desmán se les ocurrió, violaron mujeres, saquearon casas. La gente que semanas antes los había recibido con alegría, ahora les ocultaba los víveres. Así fue todo diciembre, la fiesta y la orgia de sangre se alternaron los días.

Pancho Villa pronto olvidaría los pactos que hizo, en la Convención de Aguascalientes en noviembre de ese mismo año, con el general Zapata, así como las alianzas que los hermanaron en Xochimilco días antes de que ambos ejércitos, la poderosa División del Norte compuesta por más de 50 mil hombres y el Ejercito del Sur, con 15 mil, tomaran la Ciudad de México.

El sitio comenzó con un desfile la madrugada del domingo 6 de diciembre. La División del Norte llegó por Tacuba y la Hacienda de Los Morales. Los zapatistas hicieron su arribo por Tlalpan y San Ángel hasta nutrir un solo contingente que los llevó al Zócalo, donde los esperaba el Presidente de la República, Eulalio Gutiérrez, y el recién nombrado secretario de Educación, José Vasconcelos, quien, después de un banquete en Palacio Nacional, los invitó a conocer el rincón preferido de don Porfirio.

Villa le pasó el brazo izquierdo por el hombro a Zapata y caminaron hasta llegar a una puerta de doble altura, con partes recubiertas en cobre labrado. Dos hombres quitaron la aldaba y empujaron sus dos hojas que se azotaron contra la pared. El eco pareció venir de otro tiempo. En un rincón del despacho estaba la silla presidencial del general Porfirio Díaz, con su vivo oro de hoja. La misma silla que tantas veces ocupó don Porfirio, no sólo para recibir a los embajadores, sino también para dormir la siesta, porque según él, allí dormía mejor que en su casa.

A una indicación de Vasconcelos, movieron el pesado sillón de las sombras y le ofreció la silla al general. “Después de usted, general Zapata”, dijo Villa con la mirada llena de ganas. “No, mi amigo, vaya usted a saber qué chinches tenga”, rezongó Zapata. “Pues yo sí me voy a sentar, nomás para ver qué se siente”, dijo Villa. “Ora pues, dónde está el fotógrafo, para que todos se enteren hasta dónde llegó la División del Norte”. Pancho Villa volvió a pedir ese flash que tanto disfrutaba.
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