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Armando Fuentes Aguirre
Armando Fuentes Aguirre
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Es un escritor y periodista nacido el 8 de julio de 1938 en Saltillo, Coahuila, México, siendo hijo de Mariano Fuentes Flores y Carmen Aguirre de Fuentes. Es famoso por su humor, el que ha plasmado en su obra escrita. A los quince años de edad obtiene la licencia de locutor de radio. Abogado por la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Autónoma de Coahuila, es maestro en Lengua y Literatura, así como maestro en Pedagogía, por la Escuela Normal Superior de Coahuila.

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22 Octubre 2010 04:10:39
El poder de la oración
Conozco algunos cuentecillos sobre el tema de la oración. Por ejemplo, el de los náufragos que flotaban en una balsa tras largos días en el mar. “¡Señor! -clama uno, desesperado-. ¡Si nos salvas te prometemos dejar de fumar, dejar de beber, dejar de jugar a las cartas, dejar de...!”. El otro lo interrumpe: “Ya no prometas más. La playa está a la vista”. O el del automovilista que se dirigía a una importante reunión. Iba con retraso, y no hallaba estacionamiento. “¡Dios mío! -elevó con angustia una oración-. ¡Si me haces el milagro de encontrarme un sitio dónde estacionar el coche te prometo una limosna de 2 mil pesos para los pobres!”. En eso, milagrosamente, un automóvil dejó un espacio justo frente a la puerta del edificio a donde se dirigía el sujeto.

“No te molestes más, Diosito -dice el tipo-. Ya encontré lugar”. Recordemos también al alpinista que resbaló al trepar a la alta cumbre, y quedó agarrado precariamente a unas hierbas sobre el abismo de mil metros de profundidad. “¿Hay alguien allá arriba?” -preguntó con tembloroso voz. Una majestuosa voz le respondió: “Estoy yo, hijo mío: Tu padre Dios. Ten confianza en mí. Suelta esas hierbas. Te tomaré en mis brazos para que no caigas, y te elevaré por el aire hasta dejarte sano y salvo en la cima del monte”. Tras una pausa vuelve a decir el alpinista: “¿Hay alguien allá arriba?”. (Escribió Robert Frost: “Perdona, Señor, las inocentes bromas que hago sobre ti, y yo perdonaré la pesada broma que me hiciste a mí”). Hay quienes dicen, con razón, que la religión debe estar en el corazón, no en las rodillas.

Y un proverbio popular enseña que ante un perro bravo es bueno tener un padrenuestro en los labios, pero es mejor tener una piedra en cada mano. Sin embargo yo creo firmemente en el poder de la oración. Pienso que alguien escucha nuestras oraciones. (Billy Graham, predicador famoso, afirmaba que el único lugar donde Dios no oía sus oraciones era el campo de golf). Cuando rezamos, algunas veces la respuesta es sí. Otras es no. Y las más de las veces es:
“Échale ganas tú, hijo mío”. Aquel que reza con verdadera fe no hace abandono de su voluntad para poner toda la responsabilidad en Dios. Le pide con humildad que no lo deje solo en el trance que afronta, que lo acompañe en el dolor, en la esperanza. Y es que no rezamos para que Dios nos oiga, sino para oírlo a Él.

(Kierkegaard dijo: “La oración no cambia a Dios, pero puede cambiarnos a
nosotros”). Las oraciones deben ser un complemento de nuestros esfuerzos, no un sustituto. Don Abundio, que es hombre de fe, pero realista, dice a propósito del cultivo de su tierrita en el Potrero de Ábrego: “Vale más cagarruta de chiva que bendición de obispo”. Con eso quiere decir que es mejor abonar el campo, trabajarlo, que esperar que la cosecha llegue como por milagro. Debemos entonces orar como si todo dependiera de Dios, y trabajar como si todo dependiera de nosotros. Por estos días se está rezando una bellísima oración en Monterrey, ciudad sobre la cual se ha abatido con particular intensidad el mal de la violencia. Dice así esa conmovedora plegaria: “Señor Jesús, tú eres nuestra paz.

Mira nuestra patria dañada por la violencia y dispersa por el miedo y la inseguridad. Consuela el dolor de quienes sufren. Da acierto a las decisiones de quienes gobiernan. Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos y provocan sufrimiento y muerte. Dales el don de la conversión. Protege a las familias, a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros pueblos y comunidades. Que como discípulos misioneros tuyos, ciudadanos responsables, sepamos ser promotores de justicia y de paz, para que en ti nuestro pueblo tenga vida digna. Amén”... Todos deberíamos decir esta hermosa oración. Todos deberíamos poner en práctica lo que propone... FIN.
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