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José Gpe. Martínez Valero
José Gpe. Martínez Valero
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18 Febrero 2018 04:00:00
El poder de las palabras
Yo vivo de palabras. Mi familia, las personas que amo, la profesión que escogí, mi trabajo, mi economía, lo que me divierte, mi existencia toda está ligada a las palabras. Lo que digo o lo que dejo de decir en mi caso tiene casi siempre un porqué, y por supuesto también la forma en que lo digo y las palabras que utilizo al decir lo que quiero decir; al grado de que uno de mis mejores amigos dice que soy un verdadero nazi del lenguaje, lo que sea que quiera decir mi amigo con eso. Incluso hay ciertas palabras o frases personales que denotan esa obsesiva forma de comportarme al darle uso a estas, por ejemplo cuando me hacen una pregunta iniciando en sentido negativo: “¿No has visto a fulano de tal?”, dando por contestación, en caso de no haberlo visto, casi siempre un lacónico “Sí”. “¡¿Dónde está, dónde está?!”, repreguntan; complementando mi respuesta yo: “Sí, NO lo he visto…”; y obvio, generando el enojo de mi interlocutor.

¿A qué viene todo lo anterior? A que en días pasados alguien con quien platicaba me dijo que una persona muy cercana se había molestado por un par de cosas que le había dicho, ni siquiera en mal tono, sino simplemente tal como las sentía. Diciendo con quien yo platicaba: “¿por qué le tenemos tanto miedo a las palabras?”, contestando inmediatamente yo: “porque con ellas podemos construir mejor que el mejor constructor, porque con ellas podemos destruir de peor manera que el más terrible de los malvados…”. Y cuando eso sucede no puedo evitar que venga a mi mente aquella fábula que mi padre me contaba de pequeño, atribuida a Esopo, donde narra el fabulista por antonomasia una cuestión más bien anecdótica dada su calidad que se dice tenía de esclavo.

Estando el rey al cual pertenecía Esopo esperando a un rey amigo y con ganas de agradarlo, le dice a su esclavo, que además dicen también era magnífico cocinero: “quiero que te luzcas con el mejor de los banquetes y prepares el más exquisito de tus platillos, amado esclavo, el soberano de este reino amigo trae interés de generar una alianza con nosotros, que, además de darnos paz duradera, traerá muchos beneficios para nuestro pueblo ¡Prepara lo mejor! El banquete se hizo y al final el rey amigo, conmovido por la exquisitez del platillo principal que probó, preguntó curioso “¿Qué era lo que nos presentaste para degustar de forma tan magnífica?”, contestando Esopo: “lengua”; diciendo entonces el extranjero al anfitrión: “amigo, ese solo platillo te valió no sólo nuestra alianza, sino incluso podría valerle su libertad tu esclavo, si no fuera porque liberándolo perderías tan magnífico cocinero, permíteme cubrirlo de oro y, sin liberarlo, te ruego le des el trato de un colaborador tuyo, más que un esclavo, para que siga preparando las mejores viandas para deguste de ambos”. Así sucedió y Esopo siguió sirviendo a su rey en otra calidad y al tiempo, un día que vio atribulado a su señor, le preguntó qué le pasaba y este le dijo: “ahora viene a visitarnos otro rey de un pueblo al que no me interesa tener como aliado, sin embargo, tengo igual que obsequiarle un banquete, así que no te esmeres y procura incluso que tus platillos sean más bien desagradables”. Así lo hizo Esopo y preparó su platillo peor para este nuevo rey que, cuando lo probó, casi muere del desagrado de tan mala comida, logrando el objetivo de su amo y haciendo que dicho noble se marchara a lugares distintos. El que fue el amo de Esopo, sorprendido ahora por lo bien que había hecho su mal trabajo, le preguntó: “¿ahora qué preparaste”, respondiendo ahora el fabulista: “lengua, también, mi señor.”

Fábula la anterior que ilustra una gran verdad; dependiendo cómo la cocinemos, dependiendo cómo la usemos, la lengua, que es obvio con la que construimos las palabras, será un platillo suculento o será el más desagradable de los guisos. Y aquí cabe una reflexión, le tenemos a veces, equivocadamente, más temor a las palabras que a las acciones, cuando debería ser al revés; ya que las palabras pueden igual lastimar, pero las acciones son muchas veces más enfáticas que un sinfín de palabras, sobre todo cuando dichas acciones buscan efectivamente hacer daño. Terminando la plática con la persona a la que me refería al principio diciéndole: “es absurdo que esa persona que se quejó del modo en que le hablaste se molestara por tus palabras, cuando sus acciones todas, desde hace mucho tiempo, sólo han sido con el fin de lastimarte y hacerte daño”. Y, bueno, es cierto, las palabras sin acciones son vacías; el ejemplo, la acción precisamente, es mucho más contundente que cualquier palabra, aunque a veces, si no es que casi siempre, nos preocupamos más por estas que por lo que una persona hace, o cuestionamos más el hablar de la gente que sus acciones. Y cuando eso sucede, no puedo tampoco evitar recordar aquella genial frase de la película Forrest Gump, donde, aludiendo a su propio estado, responde magistralmente cuando le cuestionan si es estúpido que estúpido es quien hace estupideces.

Como persona que vive de las palabras, procuro no tenerle miedo a las mismas, en todo caso a lo que más temo es al silencio; o a una hoja vacía que es, prácticamente lo mismo.

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