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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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14 Julio 2018 04:09:00
El precio de la soberbia
El colapso del PRI en Coahuila se debe en mucho a la arrogancia de los últimos gobernadores, sobre todo de Humberto y Rubén Moreira. El secuestro de ese partido fue denunciado, entre otros, por Armando Guadiana y Javier Guerrero, quienes renunciaron para sumarse, en distinto momento, a Morena. El tema lo aborda Édgar London en la edición 592 del bisemanario Espacio 4. Este es un adelanto.

“Si después del 1 de julio, el PRI nacional se lame las heridas, en Coahuila apenas le resta hacer uso del derecho al pataleo de los ahorcados. La situación del tricolor en el estado representa un reflejo hiperbólico del golpe que recibió en el resto del país. Coahuila, aclamado históricamente como “bastión priista” por su fidelidad al partido fundado por Plutarco Elías Calles, y hasta hace poco tiempo escenario político donde, de forma recurrente, se presumía el llamado “carro completo”, ha sido testigo de cómo sus municipios cambian de color, hasta dejar al PRI con la menor cantidad jamás obtenida tras unas elecciones.

Los 18 ayuntamientos que permanecieron fieles al tricolor ni siquiera alcanzan para conformar esa mayoría acostumbrada que le permitía a los gobernadores de turno contar con la complicidad de los alcaldes y, por si no bastara, sucedía lo mismo en el Congreso, donde el dominio del PRI permitía que los legisladores dieran luz verde a cuanto capricho del Ejecutivo estatal se presentara y, de camino, sirviera de tapadera para actos de corrupción.

Sin embargo, esta debacle no se puede catalogar de sorpresiva. Un repaso a los movimientos internos del PRI estatal –minado por renuncias de integrantes icónicos en las filas del partido–, junto a las alternancias en municipios claves como sucedió en Saltillo, la pasada administración –bajo el comando de Isidro López– y en Torreón –con Jorge Zermeño en 2017 y ahora reelecto hasta 2021–, ambos arropados por el PAN, dejaron entrever señales claras que sólo la soberbia de los líderes priistas a escala estatal y federal, así como la inoperancia de su expresidente nacional, Enrique Ochoa, no podían ver o se negaban a aceptar.

Múltiples han sido las renuncias de miembros del PRI en la historia reciente de Coahuila, pero las causas de este éxodo se pueden contar con los dedos de una mano. Hartazgo por una cúpula que hace y deshace a su antojo, sin tener en cuenta que los principios de la democracia tienen que ser evidentes y empezar a practicarse en el seno de cada partido. Intolerancia ante las críticas de sus propios partidarios. Desestimar o bloquear candidaturas internas para darles entrada a quienes resultan de la conveniencia del gobernador saliente.

En 1999, Atanasio González renunció al PRI para contender por la Gubernatura contra Enrique Martínez. González fue postulado por Unidad Democrática de Coahuila y el Partido del Trabajo. La mancuerna no resultó suficiente para desbancar la maquinaria priista que, en esa fecha, aún se encontraba bien aceitada. En 2005, el diputado Jesús María Ramón amagó con renunciar al PRI por la imposición de Humberto Moreira como candidato al Gobierno.

Quizás, el PRI estatal aún podría presumir de buena salud si a la salida de Enrique Martínez no hubiera dado inicio uno de los períodos más nefastos en la historia política de Coahuila: el moreirato. Humberto Moreira se hizo con el gobierno el 1 de diciembre de 2005 y a partir de esa fecha las cosas en el estado fueron de mal en peor. En su gobierno se desarrolló como nunca el culto a la figura del Mandatario y su Administración adquirió tintes megalómanos que rayaban en la demencia”. (La versión completa estará disponible en http://www.espacio4.com)
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