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Gerardo Hernández
Gerardo Hernández
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22 Febrero 2017 03:00:00
El PRI está acabado
Una sola vez he estado en Toluca y juré jamás volver. Conocí poco la ciudad, pero me pareció fea, un rancho grande. Los héroes de allá no son Hidalgo, Juárez, Madero o Carranza; mucho menos Villa o Zapata. Las calzadas y bulevares tienen nombres de próceres locales: Carlos Hank González, Alfredo del Mazo, Emilio Chuayffet, Arturo Montiel. No vi ninguna llamada Enrique Peña, su héroe moderno, pero con toda seguridad debe haberla o pronto la inaugurará el oficioso gobernador Eruviel Ávila, como lo son también la mayoría de sus colegas. Máxime ahora que el Presidente, por lo visto, afronta una severa crisis emocional.

El matrimonio que nos recibió a mi esposa y a mí en la capital de Estado de México, recién había comprado a crédito una camioneta nueva para su negocio. A los pocos días le fue robada a plena luz del sol. Presentó denuncia ante el Ministerio Público, y lo primero que le exigieron fue una cuota para iniciar las investigaciones; cada vez que preguntaba le pedían más dinero, hasta que desistió. Para obtener copia de la denuncia y poder exigir el pago del seguro, un nuevo calvario. Allá se toman muy en serio la máxima hankista de que un político pobre es un pobre político. Por eso las casas blancas y las de Malinalco.

Cuando acompañé a mis anfitriones a una clínica del Seguro Social, paré mi auto en un cajón donde era permitido hacerlo hasta las ocho de la mañana. Salí a las 7:30 y lo primero que vi fue una boleta de infracción en el parabrisas. La agente se encogió de hombros y me dijo: “Es la costumbre aquí”. A los pocos meses, el presidente Peña declaró que la corrupción es un problema cultural. Lo único bueno de mi visita a Toluca, además del placer de compartir algunos días con personas queridas, fue un hotel, próximo a Valle de Bravo, apartado del mundanal ajetreo. Los cuartos son cabañas flotantes, de madera, rodeadas de bosque y envueltas en silencio.

Peña Nieto, originario de Atlacomulco, nació, creció y medio se desarrolló en Toluca. Pero sus modelos no fueron, con toda seguridad, gobernadores de la talla de Isidro Fabela (fundador del primer Grupo Atlacomulco, el bueno; carrancista, secretario de Relaciones Exteriores del Varón de Cuatro Ciénegas, no el remedo que es hoy Luis Videgaray, a quien dedicó el libro Carranza, su Obra y Ejemplo, y juez de la Corte Penal Internacional en La Haya) o Gustavo Baz Prada, revolucionario, secretario de Salud con Ávila Camacho y exrector de la UNAM. No, sus ejemplos –y lo vemos ahora en la Presidencia– son Hank y Arturo Montiel.

Para continuar la tradición nepotista y de negocios, Peña impuso como candidato del PRI a gobernador de Estado de México a su primo Alfredo del Mazo, cuyo padre, del mismo nombre, ocupó el cargo entre mediados y finales de los 80 del siglo pasado. En 1988 quiso ser candidato a la Presidencia, pero De la Madrid prefirió a Salinas de Gortari. Del Mazo es, justamente, quien criticó al Gobierno de su sobrino en una charla con el exvocero presidencial David López.

Es altamente probable que el PRI pierda, además de Coahuila, el estado natal del Presidente. La candidata más solvente es la panista Josefina Vázquez Mota, sin restarle méritos ni posibilidades a Delfina Gómez, exalcaldesa de Texcoco, de Morena. Nada más justo para un estado donde los feminicidios son una plaga, que una mujer lo gobierne en los próximos seis años. El PRI está acabado. Se lo acabaron Peña Nieto y gobernadores como Montiel, Moreira, Herrera y los Duarte. Todos merecían la abundancia, y la tomaron.
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