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Jorge Castañeda
Jorge Castañeda
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11 Agosto 2016 04:00:01
El PRI y AMLO
Como dije el lunes pasado, en esta ocasión quisiera rebatir el segundo argumento serio y sensato del PRI –Gobierno contra la segunda vuelta. Dicen que en esa segunda vuelta de la elección presidencial del 2018, una buena parte, si no es que la mayoría, de los votantes del PRI en la primera vuelta, no se irían con un candidato que no fuera del PRI, PAN, PRD o independiente, sino con López Obrador. Se trata de una hipótesis por definición difícil, si no es que imposible, de refutar, pero sobre la cual disponemos de algunos elementos.

En primer lugar, tenemos la historia. En el 2006, al desplomarse la candidatura de Roberto Madrazo por el PRI, de manera inducida o espontánea, la inmensa mayoría de sus votos potenciales y no consumados se volcaron sobre Calderón, dándole la victoria. Qué si estos fueron por el trabajo de Elba Esther Gordillo y de algunos gobernadores afines a ella; qué si fue por la cantidad de dinero que el Consejo Mexicano de Hombres de Negocios (así se llamaba entonces) invirtió en la campaña de “Un peligro para México”; que Fox convenció a los empresarios y a muchos priistas de sacrificar a Madrazo para que no ganara AMLO, es indiferente. Lo importante, desde este punto de vista, es que los votantes priistas sí se inclinaron más por Calderón que por López Obrador.

En el 2012 es difícil saber qué hubiera sucedido de no haber llegado Peña Nieto a la segunda vuelta. Sí sabemos que buena parte de los votantes del PAN, es decir, de Josefina Vázquez Mota, sacrificada en el altar del anti-pejismo, al igual que Madrazo en el 2006, se fueron con EPN. Con qué tanto entusiasmo, con qué tanta convicción, con qué tanta disciplina, podemos discutirlo ad nauseam. Así fue.

Segunda consideración: En las pocas encuestas que hay de segunda preferencia de voto, todo indica que dicha segunda preferencia de los electores priistas sería Margarita Zavala de Calderón, no AMLO. En la de Buendía Laredo de El Universal, levantada entre el 24 y 28 de junio, un tercio de los sufragantes priistas manifestaron su segunda preferencia por la candidata del PAN; sólo uno de cada 10 lo hizo por Andrés Manuel.

Por último, conviene recordar que una de las grandes virtudes de la segunda vuelta reside en el imperativo casi categórico de una negociación entre ambas votaciones. Esa negociación, entre el PRI y el PAN, y otros; confirmando la tesis del PRIAN de AMLO; se antoja mucho más factible que entre el PRI y AMLO.

Ahora bien, no todos los votantes del PRI en la primera vuelta harían lo que su candidato derrotado, su aparato y su líder nato –o no nato– les aconsejara. Pero es más probable que de una buena negociación salga una buena disposición a votar por una buena coalición PRIAN, que por AMLO. Este último tiene razón. Hay en efecto un mayor universo de votantes PRIAN que antisistémicos, aunque la distancia entre ambos se va estrechando.

Por todas estas razones, de nuevo, la segunda vuelta le conviene al PRI y a Peña Nieto. Sin hablar del país y de la democracia en México.
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