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Javier Villarreal Lozano
Javier Villarreal Lozano
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13 Mayo 2018 04:00:00
El rábano por las hojas
En su artículo publicado el día 7 de este mes, el editorialista Sergio Sarmiento incluyó un disparate indigno de su inteligencia, el cual resulta imposible pasar por alto. En el remate de su texto, Sarmiento dice:

“Este 5 de mayo se cumplieron 200 años del nacimiento de Karl Marx. Muchos lo celebraron, a pesar de que los regímenes inspirados en sus ideas han matado a 100 millones de personas por hambre y purgas políticas. Supongo que tendremos que celebrar también el aniversario de Adolfo Hitler”.

Cuando leí el párrafo apenas podía creer que apareciera bajo la firma de Sarmiento, cuya admiración por el capitalismo y el mercado global son respetables, pero no es ni siquiera creíble que lo orillen a escribir tamañas barrabasadas.

Culpar a Marx de los crímenes cometidos por José Stalin, Mao Zedong y compañía es inconcebible si se dispone de un grano de lógica o, como decía, la profesora Amador en segundo año, si se tienen dos dedos de frente. El autor de una teoría no es, por supuesto, responsable de los actos de quienes dicen aplicarla y hasta torciéndola a su propia conveniencia.

De acuerdo al razonamiento de Sarmiento, cometemos una imbecilidad al celebrar la Navidad, o sea la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, pues durante varios siglos hubo quienes, ostentándose seguidores de su doctrina, crearon ese repulsivo organismo conocido como la Santa Inquisición. Como es bien sabido, la Inquisición o Santo Oficio se empeñaba en realizar las poco cristianas tareas de encarcelar, torturar y quemar en la hoguera a miles de personas acusadas de profesar una religión distinta a la católica, ser homosexual, blasfemar o tener sospechas de que se era discípulo de Satanás o practicante de la brujería.

Siguiendo la lógica aplicada por Sarmiento, podríamos responsabilizar a Jesús de Nazaret del inhumano comportamiento del dominico Tomás de Torquemada. También es posible condenar a Jorge Washington, padre de la democracia norteamericana, por la guerra de Vietnam o las decenas de invasiones a países prácticamente indefensos. Por favor, seamos serios.

Peor aún es el absurdo de medir con la misma vara a un filósofo como Marx con ese loco furioso llamado Adolfo Hitler. No, señor, hay una distancia insalvable entre un pensador cuyas teorías pueden no convencernos, y un asesino capaz de instrumentar uno de los más horrendos genocidios registrados en la historia, enarbolando la asquerosa bandera de la pureza de la raza.

Karl Marx –que no debe confundirse con José Stalin, señor Sarmiento– fue un filósofo que en los últimos años ha sido objeto de interesante revaloración. En la portada de uno de los más recientes números de la revista Letras Libres, a la que nadie se atrevería de acusar de socialista o marxista, apareció el retrato de Marx.

En las páginas interiores, la revista incluyó varios artículos acerca de sus libros y la explicación del porqué se ha vuelto de nuevo un personaje atractivo para no pocos teóricos de la economía y más de una docena de biógrafos. 

Lo paradójico de este fenómeno es que lo alentó el capitalismo salvaje, depredador, propiciatorio de la acumulación de la riqueza en una elite reducidísima a costa de la pobreza de grandes masas de la población. En otras palabras, es el enemigo natural de las ideas de Marx, el capitalismo, el que ha conducido a un buen número de analistas y escritores de las más diversas posiciones políticas a interesarse en el autor de El Capital. Moraleja: no hay que confundir el rábano con las hojas.

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