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Alejandro Irigoyen Ponce
Alejandro Irigoyen Ponce
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23 Marzo 2014 04:11:37
El reino de las bestias
Las imágenes que empezaron a circular el jueves pasado en plataformas de la Web, especialmente Facebook, muestran a un joven no mayor de 25 años que toma por el cuello a un cachorro de aproximadamente seis meses, de alguna cruza con Boxer, lo eleva y sujeta contra una pared mientras le propina una docena de puñetazos; lo mata a golpes.

Un par de días antes, también vía redes sociales (asunto que luego retomaron medios de comunicación nacionales), se muestra a otro joven, de Querétaro, que sin anestesia les corta las orejas a varios perros. Y otra más, los tres jóvenes de Quintana Roo que atraparon a un perro callejero, le rociaron thinner y le prendieron fuego.

Son tan sólo tres ejemplos de las decenas de casos que en las últimas semanas han circulado por redes sociales y que refieren exactamente lo mismo, brutalidad, tortura hacia seres vivos indefensos y que aparentemente provocan algún tipo de placer o satisfacción a quienes los cometen.

Ahora subamos un poco de grado, pero en la misma lógica de desprecio a otros seres vivos: el alumno de seis años de edad que es violentamente “buleado” por sus compañeros en una escuela primaria de Ciudad Juárez; los agresores llegan incluso a clavarle un lápiz en el paladar. El director del plantel dice que es un caso más, que así son las cosas… y en el fondo tiene razón, ya que los casos de bullyng o acoso escolar se cuentan por centenas, cada uno con
mayor o menor grado de violencia.

El bullyng finalmente es la expresión que retrata a quién carga con un pesado lastre de basura emocional y en un acto de suprema cobardía libera un poco de su presión interna agrediendo a quien considera débil y vulnerable. Algo similar sucede con el que tortura animales.

Pero en nuestro país podemos, por desgracia, subir muchos más escalones en la misma ruta: los niveles de brutalidad de secuestradores y sicarios exploran los límites de lo que es posible hacerle a otro ser humano en la búsqueda de su sufrimiento.

Somos una sociedad que, por las evidencias, producimos miles, decenas de miles de seres saturados de basura emocional que encuentran en el infligir dolor a otros seres vivos, animales o humanos, una suerte de válvula de escape a su frustración, resentimiento y evidente carencia de los más elementales y mínimos valores de convivencia.

No se trata de igualar a los perros y gatos con los seres humanos, pero es un hecho que quién no tiene mayor problema en torturar a un animal, es muy probable que algún punto de su vida haga lo mismo con un humano.

En una reciente entrevista con el diario español “El País”, el actor de teatro italiano Toni Servillo explicaba que la corrupción y violencia que vivía su país (que hay que reconocer es menor a la que experimenta México) podría tener su origen en que “se ha legitimado el crimen. El delito se convierte en una cosa normal de todos los días, que forma parte del presupuesto familiar. No me estoy refiriendo al delito criminal de sangre, sino al delito moral. Las consecuencias
son terribles. Se alimenta la falta de esperanza y, sobre todo, la falta de confianza. Hemos dejado de creer. Ya no se cree ni en nada ni en nadie. El resultado es que vivimos en esta absoluta incertidumbre”.

Tal vez el hecho de no creer en nada ni en nadie; tal vez el que un entorno social, económico y cultural hostil termine por cancelar las opciones de futuro, explique en alguna medida este fenómeno que vive México, el que cada vez más de sus ciudadanos se estén convirtiendo en bestias.

Quién sabe qué futuro cercano se pueda dibujar si seguimos como sociedad, como país, en la banda de producción de decenas de miles de bestias, pero los indicadores no son nada alentadores.
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