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Abdel Robles
Abdel Robles
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Licenciado en Ciencias de la Comunicación egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Reportero sección policiaca en Editora El Sol, reportero sección local El Norte, coeditor del vespertino Extra de Multimedios, director editorial del Periódico La Voz de Monclova, director Editorial de El Diario de Coahuila, Comunicación del Municipio de San Nicolás de los Garza, NL, director editorial de Zócalo Piedras Negras, y actualmente editor en jefe de Zócalo Monclova

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13 Marzo 2016 03:10:48
El sapo y los cuervos
Tres cuervos… Tordos machos que relumbran de negros al sol del mediodía, sobre las ramas del ciruelo.

Chibirico… Armando La Rata y su servidor.

Es uno de esos días en que nada es todo… o mejor dicho, por la mente no cruza idea alguna.

Ha de ser el sopor… El vaporcillo que se ve salir de los charcos que empiezan a consumirse.

¡Un sapo!...

La mirada de Chibirico se agudiza, un ojillo medio cerrado apunta hacia el charco en donde las fauces del batracio asoman, como respirando para no ahogarse…

Un sapo es mala suerte si cuando lo miras, no corres y lo orinas antes que él te orine.

Porque los sapos orinan, han de saberlo… te mean a los ojos para dejarte ciego.

¡Ah la güira!...

“¿Y pa’ qué lo miras güeyón?… yo no quiero miar”, La Rata de veras se molestó, era feliz en aquel limbo veraniego.

Chibi voltea a verme en busca de una sabia disposición que acabe con aquello…

“¿Y si no lo orinamos?”

“¡Ay Pichojitos!… ¡Ya’stás bien trolis!… ¿Cómo se te ocurre?…

¡Se nos cai la pichita… o se nos tuerce l’ocico!”

Pero la verdad, nunca supimos hasta dónde alcanzaba la mala suerte por no mear a un sapo.

“¡Qué!… ¿Le sacan?”

Se miraron… Y agarraron aire… “Bueno, pero tú respondes” Acepté, no muy convencido, pero me llamaba la atención saber qué era eso de la maldición del sapo.

“Vamos a escondernos en el guayabal, allí nos quedamos hasta la noche, cuando se acabe la maldición y entonces vamos a ganarle al sapo”.

Y nos fuimos a la confortable sombra del guayabal… a dormitar, a dormir de plano.

A pasar las horas que se fueron tranquilas, jugando cayucos y luego una laaaaarga siesta.

A las nueve, el tecolote nos dijo que ya era hora, salimos y fuimos a casa.

¡Qué alboroto!

El Negrón y mi má’ Linda alarmados… Meche y doña Irene en el soponcio… todos los descamisados en una banca, interrogados…

“¡¿Dónde jijos de la grampucha andaban?!”… Meche no se ahorró gritos.

Oficialmente estábamos perdidos, creyeron que nos habían robado.

Y sí, vimos venir a padres y madres con cinto en la mano… Chibirico nomás meneó la cabeza.

“¿Ya ves?… ¡Por no miar al sapo!”

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